El suceso que marcó la vida del mencionado personaje es una tragicomedia, que se ve complementada por la entereza y tesón del aludido torero. Manuel Ureña tuvo que luchar para lograr su recuperación del lóbulo auditivo izquierdo que perdiera en el lance.

La cornada que inició su trayectoria en el cuello y atravesó garganta, lengua y boca y, por si fuera, poco destrozó el oído externo, provocó el comentario que de era un verdadero milagro que sobreviviese ante la gravedad de las lesiones sufridas. Además, se  atribuye al toro haber cortado la oreja de su oponente y haberlo perdonado, sin matarlo; originándose así el nombre de El indultado -con el que con ese valor suicida que caracteriza a los verdaderos toreros- regresara a los ruedos a continuar toreando luego de una dolorosa serie de 12 cirugías e injertos.

Nuestro personaje comenta que el tener forzadamente que recibir alimentos por sonda, rigidez  facial y vencer la dificultad en el habla, fueron secuelas a superar, las dos últimas leyendo en voz alta durante meses y meses de realizarlo por horas y horas sin descanso.

Relata El indultado que su calvario sucedió el año de 1960, cuando su afición lo llevó a participar en el vecino país de Guatemala. Durante los festejos navideños de un 24 de diciembre, cuando arrodillado al dar un tercer muletazo el astado lo prendió por el cuello y quedó asentado líneas arriba, tal percance milagrosamente no lo llevó a la tumba.

“Gracias a Dios”, dice a un buen número de amigos que "me ayudaron con inapreciables apoyos pues, en ese entonces, no tenía ni fama ni dinero, era simplemente Manolo Ureña el torero mexicano que buscando triunfar toreaba en cuanta oportunidad había, hasta que más adelante Joselito Huerta me dio la alternativa utilizando ya el sobrenombre de Manuel Ureña El indultado con el que fui conocido."

Toreó por última vez en la plaza de Santa María de Bogotá, Colombia en 1993 a beneficio de un novillero lesionado por otro toro.