Por Mario Alberto Mejía

Como secretario de Hacienda, fue José Antonio Meade Kuribreña quien le recomendó al gobernador Rafael Moreno Valle la creación de un museo de niveles internacionales.

Harto de ver cómo en el país predominan museos de baja estofa, achaparrados, el nieto del escultor José Kuribreña le sugirió que rompiera con la mediocridad nacional e impulsara un proyecto audaz, novedoso, fuera de serie.

Y más: que combinara el arte barroco -tan cercano a Puebla- con la edificación de un museo de Primer Mundo.

El diálogo se dio en el contexto de una reunión de gobernadores en una ciudad del norte del país. Moreno Valle le habló de su inquietud de construir un museo.

Fue entonces cuando Meade -uno de los funcionarios más cultos del gobierno federal - le dijo que lo apoyaría con todo a cambio de que proyectara un gran museo.

Textualmente le dijo: “No vayas a hacer un museo mediocre como los que abundan en México”.

El proyecto arrancó.

Con la asesoría del especialista Miguel Ángel Fernández y de la maestra Teresa del Conde, ex directora del INAH, se dieron a la tarea de buscar al futuro hacedor de la obra.

El nombre de un arquitecto surgió en la mesa: Toyo Ito.

Se trataba de un excéntrico, por genial, artista japonés de setenta años de edad.

Un visionario.

Basta con ver sus obras a lo largo del mundo para saber de qué está hecho.

El contacto se dio y Toyo Ito se comprometió con el proyecto.

Y en un viaje a Puebla trajo su diseño y una maqueta que maravilló a quienes la vimos.

Esto ocurrió al final de una gira que quien esto escribe hizo con el gobernador.

En la enorme sala de juntas de Casa Puebla ya se hallaban varios secretarios de Despacho (Roberto Moya, Tony Gali, Cabalán Macari y Luis Maldonado), así como don Miguel Ángel Fernández, la maestra Del Conde y el mismísimo Toyo Ito, metido en unos lentes de armazón blanco, en una delgadez envidiable y en una personalidad etérea: casi flotaba.

Reacio a hablar en inglés, el arquitecto traía un traductor parecidísimo –casi idéntico- a un personaje de la película “El Ciego”, de Woody Allen.
Dos mujeres orientales completaban la comitiva.

El proyecto fue mostrado y de entrada –como dije antes- nos maravilló a todos.
La maqueta cerró el espectáculo.

La propuesta de Toyo Ito era de una blancura total –como los pavorreales- y más temprano que tarde –por el bien del arte- la veremos hecha realidad en donde antes estuvo Valle Fantástico.

El Museo Internacional del Barroco moverá los destinos del turismo cultural y meterá a Puebla y a la región en una ruta inédita: la de la postmodernidad tocada por el pasado.

Por cierto: al final de la exposición de Toyo Ito, Roberto Moya, secretario de Finanzas, le comentó eufórico -vía Blackberry- a José Antonio Meade el resultado de la reunión.

El ya canciller mexicano estalló en elogios al ver las fotos del proyecto.

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Quienes hoy critican el proyecto del Museo Internacional del Barroco por oneroso y vacuo fueron los primeros en aplaudir la edificación de la denominada “Célula”: elefante blanco del marinismo que tuvo un gasto innecesario y que sirvió para la especulación de tierras y exhaciendas en la región de Oriental.

Hay pruebas testimoniales de los aplaudidores, críticos hoy del Museo Barroco.

Están sus aplausos, faltaba más, y sus elogios desmedidos a una obra que terminó sirviendo para nada.

Un puerto seco, sí: puerto baldío: inútil: abandonado.

Que Cristóbal de Villalpando los redima.