¿Qué dejamos cuando nos vamos?
por Daniela Berea
13 de marzo de 2017

Foto: Leonard Cohen

Morir es dejar de estar, pero nunca dejar de ser.

Ayer fui a un homenaje de un profesor de mi universidad. Era viernes a las ocho de la noche y la sala estaba casi llena. Dicho profesor nunca me dio clase, ni siquiera crucé palabra con él, pero sabía perfectamente quién era, pues durante mi carrera vi cómo caminaba arrastrando su tanque de oxígeno, y con el paso del tiempo pasó a una silla de ruedas, lo cambiaron a una oficina que quedaba más cerca de la entrada y en un primer piso;  los últimos meses que lo vi, lo llevaba su esposa lo dejaba instalado y al final del día ella volvía por él. Nunca supe qué tenía, supuse que era cáncer de pulmón.

Falleció en diciembre del 2016 y toda la comunidad Tec se volcó en homenajes, publicaciones de memorias, y alegorías a su persona. De pronto las redes se llenaron de sus fotos y videos de sus conferencias, me di cuenta que lo querían muchísimo. Pero, repito, nunca lo conocí. Fue hasta hace apenas unos días que un amigo me compartió la invitación del homenaje que tuvo lugar el día de ayer, por pura curiosidad y algo de chisme, me fui a meter al dichoso homenaje. Estaba lleno de personas de todas las edades, desde estudiantes, jóvenes profesionistas, maestros de la universidad y un grupo de señores que ya rondaban los sesenta y tantos años. Su esposa e hijos estaban en primera fila, y mi amigo dirigiendo el evento.

La dinámica del homenaje consistió en una serie de pláticas en las que sus amigos, alumnos y compañeros del trabajo platicaron sus anécdotas, contaron cómo lo conocieron y cómo les había ayudado. Todos tenían algo en común: el profesor había marcado sus vidas y también les había ayudado. En cuanto comenzaron las participaciones el lugar se transformó en un lugar familiar y unido, como si un montón de amigos se hubieran reunido a hablar de sus gustos en común. Todos coincidían, se sentía una unidad que pocas veces se percibe y la sinceridad de las palabras de sus amigos conmovió a todos. Más de dos lloraron cuando contaron su experiencia con el profesor, y las anécdotas iban de lo divertido a lo melancólico. Y yo no dejaba de sorprenderme de la calidad de ser humano que había sido ese profesor.

Dijeron que era el único profesor que podía dar clases sin oxígeno, porque cuando se paraba frente al salón, podía empezar a hablar y sin darse cuenta dejaba el tanque junto a escritorio y podían pasar horas. Lo describieron como guerrero y poeta. Era un profesor de ingeniería y sistemas tecnológicos que llenaba sus clases de filosofía. Enseñaba con el ejemplo y tenía frases características, algunos lo describieron como un personaje con barba de chivo y mirada pícara; los alumnos confesaron que hasta el día de hoy, toman sus decisiones pensando en qué diría el profesor, e incluso se exigen más en cada proyecto como si su maestro fuera a calificarlos.

Nos contaron que cada avance tecnológico le representaba una preocupación, porque él se preguntaba qué pasaría con la humanidad, ¿a dónde la llevaría? Él decía que podemos hacer de nuestra vida lo que queramos; y que nuestra vida está formada por constructos un concepto que definieron como “la forma en que las personas crean y administran su vida”.

Las personas hablaban de él, como si hubieran conocido a una celebridad, fue impresionante observar que una sola persona haya tocado tantas vidas. Contaron que su mayor preocupación era saber por qué algunas personas no están motivadas, siempre les decía a sus alumnos que la vida tiene un sentido y que cada uno de nosotros debe encontrárselo.

Uno de los participantes dijo que su profesor era como un centro de gravedad del cual no te podías alejar una vez que lo habías conocido. ¿Y quién querría alejarse? Creo que cualquiera que lo escuchara se podía contagiar de su pasión por vivir, por hacer, por crear, por resolver y por compartir; sobre todo por compartir, porque disfrutaba la enseñanza como pocos.

De pronto nos informaron que uno de los participantes no podía llegar por un viaje de trabajo, pero tal era su intención de rendirle homenaje que envió un video en donde contó su historia. Me gustó que esta persona quien había sido rector de zona de Tecnológico de Monterrey,  finalizó su participación diciendo: “a mí me gusta pensar que no te has ido Bernardo,  y que no te puedo ver porque andas de viaje, y así, cuando te vea me podrás contar todo lo nuevo que has aprendido y todo lo que has pensado.”

Descubrí que las personas que rondaban los sesenta años fueron sus primeros alumnos en la Universidad de las Américas, y todos se expresaron igual de bien que sus últimos alumnos. En el público también había elementos de seguridad que trabajan en la universidad. ¿Cuántas vidas tocó este profesor?

El amigo que me invitó al evento puso un video del profesor cuando dio una plática en la celebración de los primeros 10 años del campus. Nadie se imaginaría que un catedrático de la escuela de ingenierías recitara un poema, en lugar de hablar de tecnología.  “El sol de Monterrey” de Alfonso Reyes, lo leyó y disfrutó cada palabra, se tomó su tiempo y explicó por qué ese poema le gustaba. Yo me quedo con el siguiente fragmento:

“Cuando salí de mi casa,
con mi bastón y mi hato,
le dije a mi corazón,
ya llevas sol para rato.
Es tesoro y no se acaba.”

Gracias al homenaje descubrí ese poema y una canción de Leonard Cohen, Anthem: “olvida el ser perfecto, todo tiene una fisura y es así como entra la luz.”

“Dejas de cambiar cuando empiezas a morir, nunca dejes de cambiar, la incertidumbre es difícil pero es ahí donde todo es posible” Contaba mi amigo cómo el profesor le había ayudado. Una de  sus frases era: “Si somos lo que pensamos entonces hay que ejercitarlo.”

Todos los que lo conocieron tienen su propia historia, y todos hablan como si le debieran algo; creo hay que se extraordinario para poder tocar tantas vidas. Me doy cuenta que a pesar de ser un matemático, con un doctorado y una trayectoria profesional impresionante, todos recuerdan la forma en que los motivó a hacer algo diferente, a llegar más lejos o a tomar la decisión correcta. Su legado trascendió a miles de personas, y lo seguirá haciendo como lo hizo ayer conmigo que sin conocerlo ya me dejó pensando.

Elocuente, divertido, profundo, retador, exigente, apasionado y valiente, el doctor Bernardo Reyes está más vivo que nunca, y sin duda, dejó sol para rato.