Todo comenzó cuando nacimos
por David V. Maldonado
13 de febrero de 2017
Todo comenzó cuando nacimos
David V. Maldonado
 
Carta ganadora del Primer Premio del Concurso Internacional de Cartas de Amor de Almuñecar, España 2012.
 
“¡Fue tan bello vivir cuando vivías!
El mundo es más azul y más terrestre de noche,
cuando duermo enorme,
adentro de tus breves manos.”
Pablo Neruda.
 
Todo comenzó cuando nacimos. Los cielos y senderos, tus labios y mis manos, y la libertad y el destino esperaban nuestro encuentro. Tú, mujer de frutos morenos y cuerpo esculpido a mano. Yo, hombre de palabras y ensueños. Te escribo a solas con tu corazón que pusiste en mis manos, y ofrezco a todas las mujeres que eres, todos los hombres que soy yo. Quiero que tú sepas hoy mismo de este amor delirante, y que he sido tocado por el labio de Dios con tu beso primero. Quiero que sepas que hace días el pecho me pesa y no duermo por soñar despierto contigo. Quiero que lo sepas y ahora lo sabes, no hay remedio.
 
Bienvenida a mi vida, Mi Vida. Tú que sorteaste el polvo y el paraíso para ser mortal para mí. Tú que abres el cielo y cierras mis ojos con tu beso, porque nunca estuvo el cielo más cerca de la tierra que en este encuentro contigo. Supongo que ahora sabrás de mi cariño, pues te lo he dicho con labios cerrados cuando mis ojos logran decirle a los tuyos: te quiero. ¡Te quiero, te quiero!, es verdad, y se dilatan mis sueños cuando lo grito, y se me asfixia el pescuezo cuando lo callo, pues mi corazón solo sabe hablarte en voz alta.
 
Metepec fue testigo del relámpago de nuestras bocas, de nuestro amor recién nacido. Después la Ciudad de México, Ciudad de Palacios, donde esa tarde te hiciste princesa tomando mi mano. Más tarde Querétaro, su acueducto, sus leyendas, y la historia que trazaron nuestros pies en sus caminos. Luego el pueblo mágico de Tepoztlán y la pirámide en su cima, donde bajo una mascada que pusiste sobre nosotros, te pedí con labios llenos de Benedetti y Sabines, que por fin fueras mi novia: mi suave costilla. Pero sobre todo, Puebla, mi ciudad amada, ciudad de campanas y ángeles, volcanes y amores, de tu cena para dos en mi cumpleaños, y donde tú y yo somos finalmente: amantes universales.
 
Hay algo en ti. Algo que busco en tu boca con mis labios. En tu boca condenada por mis besos. Hay algo en el valle de tu cuerpo, y en el suave canto de las siete letras de tu nombre. Hay algo, no sé qué. Algo en tus ojos cuando aletean, y en ese ritual tuyo y mío. ¿Será un ensueño, o será el amor que no sabe esconderse? ¿Serás tú, o las mujeres que en ti se resumen? No lo sé, no lo sabes. Pero será algo que necesariamente tendremos que encender cada día. Y aunque sabes mis defectos y conozco tus virtudes, estamos más allá del bien y del mal, pues tú creces en mí como yo en ti, así como el día crece en la noche y la noche en el día.
 
¡Amor mío, soy tan mortal como tú! Comprende a este hombre imperfecto y enjuaga en tus dedos sus faltas, que yo comprenderé las tuyas con el más amoroso perdón.
 
Tengo en mis manos un batallón de caricias para ti, y un paciente silencio para escuchar todas tus voces. Tengo todos los miembros de mi cuerpo a favor de este amor, y la sangre que mis venas contienen para regar la flor de tu campo. Tengo el mismo amor que extasió a Bolívar y Romeo, Napoleón y Neruda, al Quijote y Adán, este amor inmemorial que solo comprendo en tus brazos. Creo que ha sido justa la vida con este amor. Creo en la libertad y también creo que todo está escrito, cuando miro tu cuerpo caminar junto al mío. Es tiempo de querernos, de vencer a la muerte en la batalla de nuestros labios. Es tiempo ya.
 
Puede ser que el flechazo del amor me tenga bien herido, y pensarás acaso en los momentos conmigo, pero debes saber, niña mía, que yo te quiero porque tú me quieres, y que mi amor solo responde a tu amor. Un amor que mi alma expresa con su lenguaje humano. Palabras que tú te has merecido, porque has sido mujer y amiga, cómplice y compañía. Bella, dicen que del odio al amor hay un paso, pero yo creo que hay uno más pequeño del amor al cielo. Uno del tamaño de tu pie. Amanecí hoy con tanto amor, que no he pensado en la pena de aquellos que no puedes querer. Lo declaro: tuyo hasta en la voz, mía hasta en el silencio.
 
Quiero sembrar todas estas palabras en ti, con mi lengua en tu piel. Quiero cosechar de tu cuerpo y de tu alma el mismo amor que crece en mí. Quiero que nuestro romance pase a la historia del mundo. Quiero, te quiero. No lo sabes, pero tal vez ahora voy a ti, no con mi cuerpo sino con mi pensamiento. No lo sé, pero quizá vengas a mí, esta noche andando descalza por mis sueños, y entonces no te dejaré despertar, y amanecerás dormida, conmigo.
 
Todo terminará. Es cierto, caminamos diariamente hacia la muerte y sabemos que todo habrá de acabar algún día, sabemos que caerán nuestros párpados en las manos del tiempo, y que nuestros corazones serán polvo entre el polvo; pero mientras duremos, vivamos intensamente el abrazo y la caricia, la vida y el amor, para que con nuestra piel, frente a frente por fin: nuestras almas se besen.
 
Ahora termino, no lo he dicho todo. Debes saber que hay pasiones que guardo. Pero debo despedirme, pues ha llegado la hora y la paloma solo espera tu carta para partir. Dios te bendiga en todos tus años y recibe esta carta con amor, pues en ella viajo yo también.
 
Te quiere sin prisa, tu amor primero, el último.