La Constitución de los olvidados
por David V. Maldonado
06 de febrero de 2017
La Constitución de los olvidados
David V. Maldonado
 
De 1917 a 2017, de Carranza a Peña, y de las garantías individuales a los derechos humanos, nos encontramos a cien años de la última Constitución mexicana, del último gran pacto nacional entre conservadores y liberales, y a esa distancia hay algunas cosas que reflexionar sobre nuestro longevo texto fundamental. Lo primero que hay que responder es ¿Qué es una Constitución? La respuesta la dio Ferdinand Lasalle, para el escritor alemán la Constitución es la suma de los factores reales de poder.
 
Y en esto debemos detenernos, pues la Constitución no es obra de la casualidad, sino de la presión de esos factores reales de poder, pues son ellos quien verdaderamente escriben le Ley Fundamental, y los legisladores son únicamente sus portavoces. En México los factores reales de poder, es decir, quienes escriben la Constitución, son los empresarios, los maestros, el ejército, la iglesia, los medios de comunicación, los políticos, los sindicatos (no los trabajadores), los patrones, en suma: los ricos. Y como son ellos quienes la escriben, es a ellos a quienes sirve la Constitución, los poderosos han hecho de la Carta Magna una servidora de sus intereses, cuando lo que necesitamos es ser todos unos siervos de la Constitución.
 
¿Seremos usted y yo un factor real de poder? ¿Tenemos una presencia real en la Constitución? Cuando los diputados del poder reformador deciden sobre las decisiones fundamentales del país, ¿Lo hacen por usted y por mí? La respuesta no le reconfortará, hay diputados representando a los empresarios, hay legisladores levantando la mano a favor de los intereses de los patrones, de los medios de comunicación, de la iglesia, de los ricos y poderosos, pero no hay ninguno que abogue por nosotros, este es el problema: somos los olvidados.
 
La historia del ser humano desde el punto de vista jurídico, pudiese dividirse en antes y después de los Estados Constitucionales; pero ahora es necesario agregar una nueva clasificación histórica, la de los Estados Constitucionales eficientes y la de los que únicamente cuentan con una hoja de papel, es decir, no basta contar con una Constitución, sino que ésta sea real en la sociedad que rige.
 
El camino del constitucionalismo al neoconstitucionalismo, de los derechos humanos como ideales a una realidad tangible y vivible, y de un Estado de Derecho a uno verdaderamente Democrático constitucional, está en el centro de la educación, tanto de los gobernados como de los gobernantes.
 
A cien años de la Constitución de 1917, debemos pensar si es necesario un nuevo pacto político, o si solo debemos cumplir el existente, o tal vez sean necesarias ambas cosas; porque los derechos humanos y sus garantías, la división de poderes y la supremacía constitucional, son nada para un pueblo olvidado, todo ello es letra muerta, todo ello son solo buenas intenciones para un pueblo que no alcanza el más vital de los derechos: el derecho a la felicidad. Seguiremos esperando quizá cien años más la llegada de un texto donde estemos todos, seguiremos esperando quizá otro pueblo y otro gobierno que den vida real al texto fundamental, seguiremos esperando a escribir y a vivir de una vez y para siempre aquella otra Constitución: la Constitución de los olvidados.