El día que se robaron la Mona Lisa

El 21 de agosto de 1911, la pintura más visitada y quizá la más reconocida en todo el orbe, la Mona Lisa, desapareció sin dejar rastro.
24 de octubre de 2015      por Rafael López        Sección Revista Sexenio El día que se robaron la Mona Lisa

El lunes 21 de agosto de 1911, la pintura más visitada y quizá la más reconocida en todo el orbe, desapareció sin dejar rastro. Sin embargo la obra no era tan famosa como lo es actualmente; de hecho, esta desaparición la catapultó a la fama, aun cuando aquel día cerraron el museo sin darse cuenta que faltaba la que hoy es la joya de la corona del Museo de Louvre.

No fue necesario un robo estilo Hollywood ni un líder criminal ingenioso como Frank Sinatra en Ocean’s 11, o uno encantador y carismático como George Clooney en el remake de la misma película. El hombre que la robó fue Vincenzo Peruggia: inmigrante italiano que trabajó en el museo, y lo único que hizo fue entrar con una bata blanca como las que usaban los trabajadores de limpieza.

Entonces se acercó a una obra que conocían como La Joconde, la descolgó y, debido a lo pequeño de su tamaño, la guardó entre su ropa y salió de la sala. No hubo algún plan espectacular. Peruggia sólo se acercó a la Mona Lisa y se la llevó sin que alguien se diera cuenta; entonces el museo tenía un sistema de seguridad dudoso y pocos guardias, por lo que incluso le dio tiempo de detenerse en la escalera Visconti, quitar la pintura del marco y tirarlo, para después meter la obra en un maletín y salir en calma.

El robo fue percibido hasta dos días después.

La fama del espacio vacío

El pintor Louis Béroud fue quien se notó que el cuadro faltaba y avisó a la policía, que cerró el museo durante una semana y empezó a interrogar a todos los empleados, incluido Peruggia, así como a cientos de sospechosos. Uno de ellos estaba relacionado con el robo de unas piezas años antes: se trataba de Pablo Picasso, a quien vigilaron hasta descartar que él era el culpable. Posteriormente los trabajadores del lugar fueron declarados inocentes y la policía francesa procedió a cerrar las fronteras.

El tiempo transcurría y no había pista alguna para dar con el ladrón, por lo que los franceses tomaron el hurto como algo personal. La Mona Lisa aparecía en noticiarios cinematográficos, postales, cajas de cerillos, cajas de chocolate y en cada diario galo. Cuando las autoridades se estancaron y se acabaron las noticias de la pintura, empezaron a inventar las historias en torno a ella que hoy se mantienen, pues inclusive sin saber el origen de tales mitos, la gente los cree.

El Louvre se atiborró de visitantes que acudían a ver el espacio vacío donde había estado la hasta entonces cuasi inadvertida mujer sonriente, mientras la expectativa por la investigación y la indignación por recuperarla la volvían cada vez más famosa.

La Mona Lisa no era considerada especial. Hay obras que la rebasan en belleza, tamaño y técnica, pero es precisamente a raíz del robo que se crearon cientos de mitos a su alrededor: que Leonardo da Vinci estaba enamorado de la pintura; que la técnica era imposible o que su sonrisa era enigmática.

No obstante, el hecho de que fuera robada de una forma tan pueril, habla de su sencillez y, a pesar de que los románticos quieran verla con otros ojos, lo cierto es que no era nada extraordinaria.

Las seis giocondas

No se sabe lo que hizo Peruggia tras el robarla, por lo que se habla de dos teorías: la primera dice que el autor intelectual fue un argentino de nombre Eduardo Valfierno y muchos creen que su plan era estafar a varios compradores y hacerles creer que él les vendería la pintura original.

Para ello, había comisionado al falsificador Yves Chaudron para hacer varias copias y a cada uno de sus seis compradores les dio una falsificación. Dado que la pintura era buscada, ninguno de ellos podría presumirla y permanecerían en una galería privada durante muchos años antes de que alguien notara la estafa.

Un periodista de nombre Karl Decker aseguró que Valfierno lo contactó en Los Ángeles, lugar donde pasó el resto de su vida tras el robo, y asegura que éste, sabiendo que pronto moriría, le confesó el robo del siglo y cómo estafó a los seis clientes. Incluso dio el nombre de los cinco estadounidenses y el brasileño que pagaron 30 mil dólares cada uno, pensando que estaban comprando la original.

Toda la historia tenía sentido, pero Valfierno pidió que no se revelara hasta después de su muerte, por lo que nunca se pudo comprobar la veracidad de la historia, aunque muchas cosas apuntan a que la primera teoría podría ser cierta. De hecho, las seis réplicas existen y se siguen revendiendo hasta el día de hoy; además, Eduardo Valfierno amasó una fortuna de unos 60 millones de dólares, y se sabe que se encargaba de conseguir obras, verdaderas y falsas, a estrellas de cine en Los Ángeles.

Por otro lado, la segunda teoría fue proporcionada por los herederos de Vincenzo Peruggia, quienes señalaron que éste hurtó la pintura por razones patrióticas; así, se dice que quiso regresarla a Italia, de donde era originario Da Vinci, pues sentía que la pintura no podía estar en un museo francés, debido a que Napoleón la había robado y Peruggia buscó que volviera a casa.

Pero Vincenzo estaba equivocado, porque en el siglo XVI los italianos vendieron la pintura a Francisco I de Francia, por una suma bastante considerable. Esta teoría también suena lógica, ya que un par de años y 111 días después, para ser exactos un 22 de diciembre de 1913, Peruggia ofreció a Alfredo Geri, director de la Galleria Degli Uffizi, venderle La Mona Lisa con la condición de que no la regresara nunca al país galo.

De ladrón a patriota

Fue entonces que Geri avisó a la policía y Peruggia fue arrestado. Durante el juicio no mencionó que hubiera cómplices y afirmó que él quería regresar a la misteriosa mujer a casa para que fuera exhibida en su lugar de origen. Pese a que fue condenado por el robo, pasó sólo unos cuantos meses en prisión y muchos italianos lo consideran un patriota, casi un héroe nacional.

Italia no tenía la intención de regresar a La Monsa Lisa, incluso, pasaron exhibiéndola en distintos museos italianos durante dos años, pero luego de varias negociaciones, la pintura volvió a Francia. La indignación de los galos por la corta condena de Peruggia se olvidó pronto por el estallido de la Primera y Segunda Guerra Mundial.

La enigmática, archifamosa e icónica obra renacentista regresó al museo que la alberga justo antes de que se detonara una guerra que llenaría el mundo de momentos fatales, por lo que quizá la historia de La Mona Lisa sea el ultimo relato con final feliz que se escuchó durante las siguientes tres décadas.