Los primeros años del nuevo milenio

Se da a conocer que en 15 años, la ONU se propuso acabar con prácticamente todos los males de la humanidad.
24 de octubre de 2015      por Staff Sexenio        Sección Revista Sexenio Los primeros años del nuevo milenio

“Al final del milenio, vamos a clavar los ojos más allá de la infamia”,escribía en 2001 el uruguayo Eduardo Galeano en Patas Arriba, la escuela del mundo al revés, preguntándose: “¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar?”.

Con esto no estaba adelantado el fin de sus años pero sí la reivindicación del ejercicio, contrario a la solemnidad de las extensas listas de derechos humanos y objetivos de las Naciones Unidas, por extensión a las centenas de constituciones que se dicen garantes de los derechos de las naciones, de la adivinación… la adivinación de otro mundo posible.

En 15 años, la ONU se propuso acabar con prácticamente todos los males de la humanidad, como si el tiempo fuese un objeto a disposición nuestra. En el 2001, año cristiano que para los musulmanes es el 1379, para los mayas el 5114 y para los judíos el 5762, el intento de organización supranacional estableció ocho objetivos que los países deberían alcanzar:

1) Erradicar la pobreza extrema y el hambre, 2) Lograr la enseñanza primaria universal, 3) Promover la igualdad entre los géneros y la autonomía de la mujer, 4) Reducir la mortalidad infantil, 5) Mejorar la salud materna, 6) Combatir el VIH/SIDA, el paludismo y otras enfermedades, 7) Garantizar la sostenibilidad del medio ambiente, y 8) Fomentar una asociación mundial para el desarrollo.

Los llamados Objetivos del Milenio, ODM, que en este 2015 deben ser reestructurados a través de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, ODS, fueron plasmados en la Declaración del Milenio, aprobada por 189 países y firmada por 147 jefes de Estado y de Gobierno en una cumbre internacional homónima celebrada en septiembre del año 2000.

Ocho objetivos, 21 metas cuantificables y 60 indicadores nos irían actualizando respecto al avance a nivel mundial de cómo estos objetivos, que consolidan gran parte de los compromisos asumidos durante las interminables cumbres y conferencias de la ONU en la década de los 90, reconocen también la dependencia recíproca que existe no sólo entre conceptos como crecimiento, pobreza y desarrollo, sino entre los propios países que intentan promoverlos o hacerles frente.

Sin embargo, el tiempo nos alcanzó y el balance, aunque los secretarios generales de la ONU y los representantes de los diferentes Estados que hicieron suyos estos objetivos traten de negarlo, no escapan a críticas sobre la insuficiencia de los esfuerzos y, ante todo, sobre la irónica cantidad de recursos que otros asuntos como la guerra, el terrorismo y las drogas, reciben año con año.

Considerando las cantidades de capital, económico y humano, las metas estarían más cerca de lo que podríamos imaginar, sostienen diversos analistas. La extrema pobreza se ha reducido a la mitad, pero una de cada ocho personas aún pasa hambre en el orbe. En las regiones consideradas en desarrollo, la matrícula en educación primaria ha alcanzado 90 por ciento; empero, 58 millones de niños siguen sin estudiar.

En la misma educación elemental, la ONU considera que se alcanzó la igualdad entre hombres y mujeres, aunque haya países en donde no se les permite, pero ellas continúan sufriendo discriminación en el mundo educativo más avanzado, el laboral y aún más importante, en la toma de decisiones.

Asimismo, se ha reducido en más de la mitad la mortalidad infantil, no obstante, cada día mueren alrededor de 17 mil niños; al año, suman seis millones de niños menores de cinco años que no tuvieron la oportunidad de desarrollarse adecuadamente. Por si fuera poco, aunque se redujo a la mitad la mortalidad materna, casi 300 mil mujeres murieron al dar a luz en 2013 y en general, apenas la mitad tiene la asistencia médica recomendada durante el proceso de embarazo.

Otro de los grandes problemas, la difusión desproporcionada del VIH, sólo ha podido ser controlada parcialmente, pues a pesar de que 9.7 millones de personas recibieron tratamiento en 2012 y que la cifra de nuevos contagios disminuyó 40 por ciento, cada hora 50 mujeres jóvenes son infectadas con el virus.

En cuanto a otras enfermedades mortales como la malaria, entre 2000 y 2012 se evitaron 3 mil 300 millones de muertes; por desgracia, en 2012 la malaria fulminó a unas 626 mil personas en el mundo, sin contar el retorno de padecimientos como el ébola, que costó la vida de más de 11 mil seres humanos.

A propósito del desarrollo sostenible y la cooperación al desarrollo, los objetivos, que se sugiere serían alcanzados con mayor dificultad, pues no depende de los esfuerzos individuales, no se han escapado a los éxitos y fracasos.

La capa de ozono se recupera, pero la deforestación masiva continúa, los combustibles fósiles siguen utilizándose con mayor frecuencia y las emisiones de C02, sólo han aumentado. En tanto, la ayuda al desarrollo de los países aumentó 66 por ciento, la deudas se reducen, el comercio se favorece, y 2 mil 300 millones de personas han conseguido acceder al agua potable. Lamentablemente, 2 mil 500 millones carecen de sanitarios básicos como letrinas o inodoros y  los más de 134 millones de dólares donados se alejaron de los países más pobres.

Existe una relación de extrañeza frente a los discursos triunfalistas, como sucede cada año en cada informe de gobierno presidencial que sugiere que nuestra calidad de vida ha aumentado y que las suntuosas reformas estructurales han movido a México. Los objetivos han movido al mundo, a principios del milenio, pero hoy es tan necesaria su revisión como la sincera confesión que refiere que el realismo político sigue imperando y que, curiosamente, son los países menos desarrollados quienes han puesto más de su parte.

Desarrollo sostenible, los nuevos objetivos

Los nuevos objetivos, llamados de Desarrollo Sostenible, son todavía más ambiciosos que sus predecesores, y en principio se elevan de 8 a 17; a decir del secretario general, Ban Ki-moon, se intenta no dejar a nadie atrás.

Se enlistan consecuencias inmediatas de los objetivos anteriores, es decir, cumplir con las cuotas establecidas y que luego de tres lustros no se pudieron librar, y se profundiza aún más en la necesidad de que, por ejemplo, ningún ciudadano del mundo viva en pobreza extrema, menos de 1.25 dólares al día. Una vez más, se espera que para el año 2030 nadie sufra hambre; en particular, que nadie se despierte y duerma con hambre.

La salud y la educación deben ver una mejoría sustancial, aunque los presupuestos estén viendo actuales reducciones que posiblemente lo impidan. La mujer deberá dejar de ser discriminada, aunque estemos arrastrando siglos de un sistema construido de tal manera que, más allá de las cuotas políticas y escolares, dificultará un cambio trascendental.

Al listado se añade la complicada tarea de suministrar agua potable y baños para todos, en un escenario en el que el agua comienza a ser un bien cada vez más escaso, en buena parte por el desperdicio inconmensurable de los megaproyectos mineros. Fomento de las energías renovables y combate frontal al cambio climático, que puede poner en riesgo nuestra existencia, cuando el precio del petróleo baja por el aumento de la producción norteamericana, producto delfracking.

Aumentar las infraestructuras, la industrialización, a la par del crecimiento económico y las oportunidades laborales a escala planetaria, mientras se libre una guerra contra la pobreza, la corrupción y la violencia, que en algunas regiones no dejan de escalar posiciones en los índices de paz, desarrollo y viabilidad estatal.

Al mismo tiempo, se intenta aumentar la calidad de vida de los habitantes de las ciudades, que se han dado cuenta que la vida en el campo, que también debe hacer más sostenible la producción de alimentos, no era tan mala.

Finalmente, proteger los recursos naturales: los mares, los bosques, la biodiversidad y fortalecer la cooperación global en general, cuando la plenaria de la Asamblea General de este año nos dejó un recuerdo: los líderes del mundo están más preocupados por ganar batallas discursivas ante extraños, que la confianza de sus ciudadanos.

Están más empeñados en firmar una declaración o una resolución, que en instruir detalladamente a sus ministerios e instituciones, más ensimismados en causas individuales que en la única causa que merece la pena de retomar y hacer válido el derecho al delirio: nuestra existencia y el futuro, que cada vez se aleja más y más pasos hacia el horizonte.