Seis poemas de José Emilio Pacheco

Luego de la trágica partida del Premio Cervantes tras un paro cardiorespiratorio, te presentamos seis de los mejores poemas del gran genio de las letras hispanas, José Emilio Pacheco.
27 de enero de 2014      por Jadiel Galicia        Sección Genio Seis poemas de José Emilio Pacheco

“La lengua es mi única riqueza”, aseguró José Emilio Pacheco al recibir el Premio Cervantes en 2010, galardón que reconoció el importante legado del escritor mexicano en el mundo de la poesía, la narrativa y la divulgación cultural.

El referente de la literatura mexicana, fallecido el pasado domingo, fue un genio prolífico que desarrolló cuentos, novelas, editoriales, artículos, guiones cinematográficos, textos de investigación y adaptaciones.

Nacido en la Ciudad de México en 1939, Pacheco inició su fascinación por las letras en el Centro Universitario de México, donde fue cautivado por la obra de Jorge Luis Borges y Alfonso Reyes. 

Aunque comenzó sus estudios en la Facultad de Derecho, al poco tiempo decidió abandonar las leyes y sumergirse en la Filosofía. En la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), José Emilio Pacheco consolidó amistades con relevantes intelectuales como Carlos Monsiváis, Juan José Arreola y Sergio Pitol.

Con sólo 20 años publicó su primer cuento, La sangre de Medusas, el cual le abrió las puertas en diferentes editoriales, que le permitieron en 1966 exponer su primer libro de poemas titulado Los elementos de la noche. Así, su obra se fue ganando la admiración de importantes escritores como Octavio Paz, Rosario Castellanos, Carlos Fuentes y Juan Rulfo.

En 1967 inició la larga carrera de premios: el galardón Magda Donato por su obra Morirás Lejos; el Premio Nacional de Poesía, el Premio Xavier Villaurrutia y el Premio Ariel por su participación en el guión y arreglo cinematográfico de El Castillo de la Pureza y El Santo Oficio.

Por su parte, diversas instituciones mexicanas reconocieron el genio de Pacheco a través de condecoraciones como la Medalla al Mérito Artístico, el Premio al Mérito Literario, la Medalla de Bellas Artes y varios Doctorados Honoris Causa. Sin embargo, el mundo recalcaría el impacto de su genio en la literatura hispana al otorgarle el Premio Cervantes y el Premio Alfonso Reyes.

Reconocido por ser un escritor sin protagonismos y con un importante compromiso con la literatura mexicana, la obra de José Emilio Pacheco nos ayuda a entender a nuestro País y a los cientos de sentimientos contradictorios que se viven en esta cambiante Nación.

“Ustedes los que con su bondad han inventado mis libros a partir de esas mitades que están en la página a la espera de ser concluidos por la inteligencia y la imaginación de quien los lee”, fue una de sus últimas frases pronunciadas.

A modo de homenaje, Grupo Sexenio Comunicaciones te presenta seis poemas del gran escritor José Emilio Pacheco:

***

Miseria de la poesía

Me pregunto qué puedo hacer contigo Ahora que han pasado tantos años, Cayeron los imperios,

La creciente arrasó con los jardines, Se borraron las fotos

Y en los sitios sagrados del amor

Se levantan comercios y oficinas

(con nombres en inglés naturalmente).

Me pregunto qué puedo hacer contigo Y hago un pseudo poema

Que tú nunca leerás

―o si lo lees,

En vez de una punzada de nostalgia, Provocará tu sonrisita crítica.

****

El silencio

La silenciosa noche. Aquí en el bosque No se escuchan rumores.

Los gusanos trabajan.

Los pájaros de presa hacen lo suyo. Pero yo no oigo nada.

Sólo el silencio que da miedo. Tan raro, Tan escaso se ha vuelto en este mundo Que ya nadie se acuerda de cómo suena, Nadie quiere

Estar consigo mismo un instante.

Mañana

Dejaremos la verdadera vida para mañana. No asco de ser ni pesadumbre de estar vivo: Extrañeza

De hallarse aquí y ahora en esta hora tan muda. Silencio en este bosque, en esta casa

A la mitad del bosque.

¿Se habrá acabado el mundo?

*****

Alta traición

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
     es inasible.
Pero (aunque suene mal)
     daría la vida
por diez lugares suyos,
     cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
     fortalezas,
una ciudad deshecha,
     gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
     montañas
-y tres o cuatro ríos.

****

Indeseable

No me deja pasar el guardia.
He traspasado el límite de edad.
Provengo de un país que ya no existe.
Mis papeles no están en orden.
Me falta un sello.
Necesito otra firma.
No hablo el idioma.
No tengo cuenta en el banco.
Reprobé el examen de admisión.
Cancelaron mi puesto en la gran fábrica.
Me desemplearon hoy y para siempre.
Carezco por completo de influencias.
Llevo aquí en este mundo largo tiempo.
Y nuestros amos dicen que ya es hora
de callarme y hundirme en la basura.

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Presencia

¿Qué va a quedar de mí cuando me muera
sino esta llave ilesa de agonía,
estas pocas palabras con que el día,
dejó cenizas de su sombra fiera?

¿Qué va a quedar de mí cuando me hiera
esa daga final? Acaso mía
será la noche fúnebre y vacía
que vuelva a ser de pronto primavera.

No quedará el trabajo, ni la pena
de creer y de amar. El tiempo abierto,
semejante a los mares y al desierto,

ha de borrar de la confusa arena
todo lo que me salva o encadena.
Más si alguien vive yo estaré despierto.

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Tarde o temprano

I
No tenemos raíces en la tierra.
No estaremos en ella para siempre:
       sólo un instante breve.

También se quiebra el jade
       y rompe el oro
y hasta el plumaje de quetzal se desgarra.

No tendremos la vida para siempre:
       sólo un instante breve.

II
En el libro del mundo Dios escribe
con flores a los hombres
       y con cantos
les da luz y tinieblas.

Después los va borrando:
       guerreros, príncipes,
con tinta negra los revierte a la sombra

       No somos reyes:
somos figuras en un libro de estampas.

III
Dios no fincó su hogar en parte alguna.
Solo, en el fondo de su cielo hueco,
está Dios inventando la palabra.

¿Alguien lo vio en la tierra?

       Aquí se hastía,
no es amigo de nadie.

Todos llegamos al lugar del misterio.

IV
De cuatro en cuatro nos iremos muriendo
       aquí sobre la tierra.

Somos como pinturas que se borran,
       flores secas, plumajes apagados.

Ahora entiendo este misterio, este enigma:
el poder y la gloria no son nada:
con el jade y el oro bajaremos
       al lugar de los muertos.

De lo que ven mis ojos desde el trono
no quedará ni el polvo en esta tierra.