En 1963, Martin Luther King Jr. pronunciaba un discurso histórico en Washington, en el que su principal sueño era lograr la igualdad racial, más de 50 años después, el anhelo es el mismo, que el color de piel no sea un obstáculo para crecer, que no represente una desventaja ante la justicia ni un motivo de menor valía.

Estados Unidos lleva años de historias de súplica y lucha, donde los esclavos lucharon por conseguir el reconocimiento de su libertad, posteriormente buscaron erradicar las leyes que marcaban diferencias según el color de la piel y hoy, pese a la infinidad de cambios constitucionales, el reconocimiento de derechos humanos e infinidad de discursos que promueven la igualdad, la realidad demuestra que el color sigue siendo una limitante.

George Floyd es el caso más representativo que hace latentes las diferencias entre el opresor y el oprimido. En 2020, después de que una de las primeras potencias del mundo fuera gobernada por un hombre de piel obscura y la entonces primera dama recorriera el mundo promoviendo la igualdad racial, la discriminación sigue siendo una realidad cotidiana. Tan latente como los abusos policiales y la expansión del racismo no sólo por el color de piel, sino por origen racial y condición social, alrededor del mundo.

Hablar de George Floyd es necesario, entender lo ocurrido en Estados Unidos nos permitirá ver cómo se reflejan esos escenarios en nuestro país, porque en México el clasismo es parte del ADN de su sociedad y también enfrentamos una lucha constante donde mientras más clara es la piel de la persona, mayores serán sus ventajas. Hemos normalizado estas prácticas que basta con encender la televisión unos instantes para descubrir que los estándares publicitarios también se rigen por estándares de belleza que no representan al mayor porcentaje de la población.

De inmediato se cruzan en mi mente imágenes de una de las marchas anti AMLO, donde los asistentes decidían vestir de blanco y en algunas fotografías se mostraba como algunos de ellos iban acompañados de empleados que les cargaban sus bolsas o sombrillas para evitar que les diera el sol, ¿por qué recuerdo esta imagen? Porque es uno de los tantos rostros de la desigualdad en nuestro país. Hoy no hablaré de las acciones o el desempeño de nuestro presidente, hablaré del resentimiento, el hartazgo y el cansancio de quienes acompañaban a esos opositores.

Ese hartazgo y resentimiento se incrementará en los próximos días, cuando la economía empiece a expandir las consecuencias de la contingencia sanitaria y los privilegios se hagan cada vez más evidentes. Me atrevo a decir que llegados a este punto no podemos distribuir culpas. El problema no es de quien tiene o quien no. El problema es la falta de empatía, es creer que solo la realidad de unos es la única que existe y aún mayor problema es normalizar estas situaciones y dejar de escuchar las voces de los menos favorecidos.

¿Qué podemos hacer a partir de este instante para cambiar el entorno? ¡Partamos de nuestros privilegios! Me dijo alguna vez una activista por los derechos humanos, comienza a cuestionar qué tienes que otros no. ¿Por qué? Hay quienes podrán decir tengo dinero gracias a mi esfuerzo y trabajo. Aquellos que no ¿tuvieron acceso a las mismas posibilidades que tú? Algo tan sencillo como un desayuno puede marcar la diferencia entre el que sobresale en la escuela y el que no. Así que busquemos desde esos privilegios conseguir un mundo más equitativo, donde todos los ciudadanos sean prósperos, no se trata de sumir en la miseria a un país, se trata de impulsar su crecimiento.

George Floyd es otro caso que nos recuerda cuán urgente es abrir los ojos y reconocernos a todos como seres humanos. Las leyes tienen que cambiar, para dejar de favorecer a los opresores. Que aquellos que hacen abuso de su poder realmente paguen y no queden impunes. Ese sigue siendo el sueño de muchos, emprendamos acciones desde nuestros espacios para poder cumplirlo.