El Covid-19 llegó para detener el mundo, a su paso ha dejado enfermos, se ha llevado vidas, empleos y nos ha dejado algunas lecciones que es importante mencionar. En primer lugar nos ha demostrado que el mundo hoy está más vinculado que nunca, que aquello que ocurre en algún lugar del planeta, tarde que temprano afectará a toda la humanidad. Pues como lo decía Sartre los actos de los seres humanos comprometen a todos.

En segundo lugar nos ha enseñado que la clase política solo sabe satisfacerse a sí mismos y a los suyos, y que les cuestamucho trabajo pensar realmente en los demás, ya que las decisiones que toman no han sido para salvaguardar la salud de su gente, sino para quedar bien en vías de las próximas elecciones.

El Covid-19 también nos ha recordado algo que ya sabíamos: que la enfermedad no distingue ricos de pobres, niños de ancianos, ni hombres de mujeres, porque la muerte es una dama oscura que tarde o temprano nos manda a llamar a todos. Porque ella es la dueña del tiempo, del cuerpo y del amor, pues todo, absolutamente todo termina en este mundo, entonces la búsqueda de la plenitud no debe darse en el más allá sino en el más acá.

Además el Covid-19 nos ha enseñado quienes somos sin nada. Creímos que la felicidad se encontraba en los centros comerciales y estos cerraron sus puertas, creímos que la felicidad se encontraba en los antros y bares y cerraron, creímos que nuestra felicidad se encontraba en los cines, estadios, restaurantes lujosos, y todo se detuvo de pronto. El Covid-19 nos vino a dejar claro que la felicidad no se da de afuera hacia dentro, sino de adentro hacia afuera, y que la única fuente de ella viene del interior de cada uno de nosotros.

También nos enseñó que lo más complicado es estar con nosotros mismos tanto tiempo. Que lo más abrumador esmirar hacia dentro de nosotros cómo se mira un pozo: convivir con nuestros ángeles y demonios. Después del Covid-19 se viene una crisis económica, política y social, pero sobre todo se viene una crisis personal donde cada uno de nosotros tendrá que responder cuál es su verdadera función en el mundo, responderse de donde viene la felicidad y la plenitud.

Finalmente, como decía Isabel Allende: “Uno viene al mundo a perderlo todo.” Por ello la mejor enseñanza de esta pandemia es disfrutar del presente como una hoguera que se apaga, es ser conscientes de que la fuente de la alegría viene de adentro y no de afuera; la mayor lección del virus es agradecer su llegada, porque solo en la adversidad se funden las grandes virtudes, solo en la soledad se aprende a estar acompañado, y solo desde el abismo se aprende a mirar al cielo.