#NiUnaMenos, solicitudes de justicia, nombres de víctimas, nombres de violadores o asesinos, nombres de autoridades que han respaldado la impunidad, gritos de auxilio, rabia, más rabia. Eso leí al pasar por una de las paredes de mi ciudad natal que fue pintada en medio de marchas al igual que en otros puntos de la República y el mundo.

Mientras pasaba frente a las paredes y leía los nombres sentí una impotencia terrible, recordé una nota en la que se narraba cómo unos padres denunciaron la desaparición de su hija, identificaron al responsable y hasta 4 días después actuaron las autoridades. Cuando por fin acudieron al llamado de quienes habían pedido auxilio sabiendo donde estaba su hija, dentro del domicilio señalado, solo encontraron el cuerpo mutilado de ella junto con el de otras víctimas. Les había fallado el Estado y eso había permitido que el agresor estuviera prófugo.
Les falló igual que a Abril Pérez Sagaón, quien fue brutalmente asesinada el día que se conmemora la no violencia. Ese día según las estadísticas fueron asesinadas otras 8 mujeres, porque en México cada día mueren 9 mujeres. En lo que va del 2019, han asesinado a 2,833, quizás son más porque los números pueden aumentar mientras escribo esto. De la cifra previamente mencionada sólo una cuarta parte se clasifican como feminicidios. Veracruz ocupa el primer lugar con mayor número de casos, seguido del Estado de México, Nuevo León, Puebla y Ciudad de México. Sin embargo este es un problema nacional, pues en diversas entidades el tema va en aumento.

Después de leer estas cifras que no son más que una pequeña fracción de lo que representa la violencia, ¿cómo podemos atrevernos a juzgar a quienes han plasmado su impotencia en cada fragmento de las calles? Hay otras maneras hemos dicho infinidad de veces, sin duda las hay, ¿pero han funcionado? Cuando comienzo a leer nombres, fechas de impunidad y hablo con quienes me cuentan de viva voz su experiencia que no trascendió porque alguien no les creyó o solapó al responsable, lo entiendo todo. Y pido disculpas infinitas por las veces que dije se podía hacer de otra forma, pido disculpas porque si nos callamos, si somos tibios, también podemos ser cómplices. Terminamos solapando a los agresores por no apoyar a las víctimas. Después de la marcha de agosto señalé que los muros se mancharon antes de las marchas, se mancharon de injusticia, se llenaron de violencia pero no les importó, porque no exhibía la incapacidad del Estado ni la indiferencia social.

Y tampoco deberían importarnos en este momento, pero sí debería hacerlo la rabia e impotencia. En vez de pensar en el daño de las pintas, deberíamos leer qué hay en cada una de ellas. Imaginemos que la historia de Abril Pérez o de algún otro caso atroz es la nuestra. No se requiere hacer la distinción de género para entender que la impunidad, los ataques constantes, convivir con el agresor o el sometimiento perpetuo, desquician a cualquiera. ¿Dónde queda la justicia en estos casos?

Los monumentos y paredes representan nuestra historia, en el mundo se han edificado infinidad de ellos y la historia recordará este momento como un punto de rabia en el que la gente llegó al hartazgo, tal como lo hizo en otras etapas de la historia. Sí existen personajes ilustres que movilizaron con sus discursos, pero también es indudable que la abolición de la esclavitud requirió de guerras, que el otorgamiento de derechos que hoy disfrutamos no se hizo en paz, se hizo gritando, haciendo frente a la opresión. Si realmente nos importan los monumentos y paredes, cuidemos que no se tiñan del rojo de la sangre derramada por la inseguridad, si tanto nos preocupa la estabilidad del entorno, abramos bien los ojos ante los verdaderos crímenes.

Algo me queda claro, la violencia genera más violencia. Entonces ataquemos el problema de raíz, el problema no son las mujeres visibilizando las agresiones, el problema es el daño que hemos permitido a las familias y generaciones enteras, es la omisión, la impunidad y la ignorancia. Es el respaldo que damos quizás de forma inconsciente a un sistema que permite que los atentados se incrementen. Es que seamos partícipes al callarnos y dejar que autoridades corruptas sigan al frente de estos casos. Por ello es necesaria la rabia de esas mujeres que salen a las calles, porque sin duda representan a las que no están, porque sin conocerlas gritan y claman por justicia, sin ellas, casos como el de Abril pasan al olvido, sin ellas los jueces responsables de la libertad se su agresor siguen al frente de sus cargos.

Por ellas y por todos nosotros tenemos la responsabilidad de hacer eco de justicia desde nuestras formas, pero nunca dejemos de alzar la voz ante aquello que nos lastima. No sólo se trata del género, sino de principios humanos.