Cuando llegué a la Plaza de Tlatelolco todo había terminado. Entonces vi la carne derramada y la juventud extinguida. Entonces conocí el olor de la muerte y lo que se siente llorar hacia adentro. Ahí mismo, en el lugar donde los aztecas sacrificaban a sus víctimas, el estado sacrificaba a sus jóvenes. Las voces fueron apagadas y el telón cayó sobre los miles de asistentes como un relámpago fulminante. La plaza estaba roja y la juventud agazapada.

Entonces vi a la juventud humillada rogando por lo que les quedaba de vida. Entonces la miré a los ojos y comprendí que esa juventud de 1968 era muy antigua. Habían sido ellos los mismos jóvenes que escuchaban a Sócrates en la antigua Grecia, los que lo vieron hablar, vivir y morir al beber la cicuta. Eran los que escucharon a Jesús predicar en el sermón de la montaña; fueron ellos los que llevaban en sus manos las antorchas y la cabeza del rey en la larga noche de la revolución francesa. Fueron ellos también, los que marcharon al lado de Martin Luther King Jr., con una sola frase en la cabeza “I have a dream”.

Esa juventud es antigua, fue la que salió de Dolores Hidalgosiguiendo a un cura, persiguiendo su libertad; fue la que luchó al lado de Juárez contra el imperio en su breve carruaje negro y la que consagró las Leyes de Reforma en el papel más limpio; fueron los jóvenes del Ateneo Nacional de la Juventud que lucharon contra el positivismo codo a codo con Vasconcelos, Reyes y Caso. Esta juventud es antigua, fue la que derramó su sangre en las batallas de la revolución mexicana al lado de Felipe Ángeles, Villa y Zapata.

Entonces comprendí que en esta Plaza de Tlatelolco no solo habían muerto estos jóvenes estudiantes, aquí también murieron Cuauhtémoc y Moctezuma en la cima del imperio azteca, murió el rey poeta Nezahualcóyotl. En esta plaza también se derramó la sangre del joven Porfirio Díaz cuando perseguía al general Lorencez en la batalla del 5 de mayo, también murieron el joven Belisario Domínguez y Madero por la espalda.

Murieron Juventino Rosas con su Vals sobre las Olas y Siqueiros pintando de colores el Palacio de Bellas Artes; murió Octavio Paz cuando en su juventud le escribía a Elena Garro “amar es combatir, si dos se besan el mundo cambia…”; murió Rosario Castellanos y un pedazo de BalúnCanán, y murió también el poeta Sabines y su verso “No es que muera de amor, muero de ti. Muero de ti, amor, de amor de ti…”

Entonces comprendí que ahí habíamos muerto todos, y que la muerte es silencio total, ausencia de besos, un sueño acribillado por la espalda. Comprendí que esa noche yo también fui asesinado, y no era yo el que escribía sino el fantasma de sangre que recorría la región más transparente del aire y el huracán de alaridos en la noche estrellada. Ahí había venido a recoger los huesos de mis hermanos, a guardar su alma en un cántaro roto.

Entonces comprendí que la juventud nunca muere, que ahora y en el futuro será ella la que escriba los versos, la que pinte los muros, la que de vida a la música; será ella la que reconstruya los palacios y eduque a los niños. Será ella la que herede los libros y la que siembre las bibliotecas. Será ella la que tenga que vivir, morir y remorir en la noche de los mil años de Ayotzinapa y en todas las noches donde un faro haga falta. Fue entonces que comprendí que el 2 de octubre inicia la noche interminable, la noche donde la juventud es quijote, y el mundo un molino de viento que algún díavenceremos.