“El mundo es un lugar de penitencia, el infierno de Dante y el infierno del mundo. Si se levantase la losa de las tumbas para preguntar a los muertos si quieren resucitar, moverían negativamente la cabeza. Si Dios fue quien hizo este mundo, no me gustaría ser ese Dios: la miseria del mundo me desgarraría el corazón”. Arthur Schopenhauer.

El 26 y 27 de septiembre de dos mil catorce, tuvo lugar en Ayotzinapa, Guerrero, la noche triste de la juventud mexicana, porque haya en ese rincón de la educación y del olvido no desaparecieron 43 compañeros, desaparecimos todos los jóvenes de México.

Hablar de Ayotzinapa, es hablar de una Escuela que cuenta con una formación marxista-leninista, donde se cree en la lucha de clases y en el materialismo histórico. Es hablar de la adopción de la "pedagogía de acción" del filósofo John Dewey; es hablar de sus estudiantes de escasos recursos que trabajan duro para sustentar el proyecto. Es hablar del instinto combativo de sus miembros. Es hablar de Lucio Cabañas y de la guerrilla en la montaña en la década de los sesenta.

Ayotzinapa es un sobreviviente a la política educativa del neoliberalismo, un modelo incómodo para el gobierno, por su activismo y su conciencia de clase. Una piedra en el zapato de los últimos gobiernos; en sus paredes hay huellas de sus luchas, de sus huelgas, de sus asesinados en la Autopista del Sol y 43 sombras sin cuerpo que hoy están más vivas que nunca.

La versión oficial señala que los estudiantes iban a la ciudad de Iguala y que fueron interceptados por policías y entregados a un cártel del narcotráfico, quienes los quemaron en el basurero de Cocula y arrojaron sus cenizas al río San Juan. Sin embargo, lo único que quedo en cenizas fue la versión del gobierno, pues un grupo enviado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, presentó un informe de 560 páginas, resultado de seis meses de investigación, que hizo añicos la llamada verdad histórica del gobierno.

El informe documenta que fue un ataque masivo en nueve escenarios durante más de tres horas. Ataque donde participaron la policía municipal, estatal, federal y el mismo Ejército. Señala que los estudiantes no iban armados y que no se dirigían a Iguala; que existía un quinto autobús que posiblemente estaba cargado de heroína y que los estudiantes tomaron sin saberlo. Además que no se pudieron incinerar 43 cuerpos en el basurero de Cocula, pues no existían los medios suficientes, y los vecinos no observaron ninguna columna de humo.
Hoy en Ayotzinapa no hay clases, maestros y alumnos esperan el regreso de sus 43 compañeros, sus padres creen que siguen vivos, exigen justicia y verdad, marchan por el país y llevan en su voz el dolor y la indignación. Es tiempo de que desaparezca la impunidad, no la juventud mexicana. Es tiempo de que desaparezca la corrupción, no el sueño de cambiar el país. Es tiempo de que desaparezca la indiferencia, no unos futuros maestros que no pudieron escribir en el pizarrón la palabra “Revolución”.

Hoy, Ayotzinapa nos recuerda las palabras de Salvador Allende: “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica.” Ayotzinapa nos recuerda que la única vía de la Revolución en el siglo XXI es la educación. Ayotzinapa nos recuerda que: "vivos se los llevaron y vivos los queremos". Ayotzinapa me recuerda la noche triste de septiembre en que 43 hermanos fueron desaparecidos; pero sobre todo, me recuerda que en la noche más triste también puede amanecer. Amanecer con la luz de la juventud, de esa juventud que enciende la noche con los libros, esa juventud que no se arrodilla ni se conforma, esa juventud que se prepara para nunca, para nunca desaparecer.