Justo la semana pasada en que coincidió la conmemoración del Día Internacional de los Pueblos Indígenas, un ataque mediático contra la actriz Yalitza Aparicio por un supuesto rumor sobre su persona desató toda una serie de comentarios de índole racista en las redes sociales. De igual manera, están muy recientes las masacres ocurridas en Estados Unidos contra población de origen mexicano y latinoamericano donde el discurso de odio se hace presente en esta tragedia.

En ambos hechos, las coincidencias son el trasfondo racista, discriminatorio y supremacista que existe en la actualidad en contra de muchas personas en distintas condiciones. El nivel de intolerancia, lo sabemos, puede llegar hasta el grado de cometer asesinato, pero la violencia inicia y se presenta de muchas formas. Hemos detectado algunos de estos antivalores presentes en nuestra sociedad al escuchar experiencias en los encuentros vecinales que realizamos en el Consejo Ciudadano de Seguridad y Justicia del Estado de Puebla.

El Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED) afirma que la discriminación está asociada a situaciones de marginación, apartamiento, diferencia, exclusión, distinción, preferencia y segregación.

De acuerdo con la Encuesta Intercensal de 2015, los estados con mayor porcentaje de población de habla indígena son Oaxaca, Chiapas y Yucatán; Guerrero, Puebla, Quintana Roo, Campeche, Hidalgo, San Luis Potosí, Veracruz, Nayarit y Michoacán.

Es sorprendente que a muchas personas en este país aún no les queda claro que somos pluriétnicos y multiculturales. Si bien estas estadísticas nos dicen que la población que se considera indígena de acuerdo con su cultura, historia y tradiciones representa el 21.5% de la población mexicana; el 59.2% poseemos diversas tonalidades de piel morena (ENADIS, 2017).

Y precisamente sobre el tono de piel, varias encuestas y estudios revelan que, en nuestro país, por desgracia el tono de piel está asociado a sufrir discriminación y entre más morena es la piel, las oportunidades de desarrollo son menores, contrastando que entre más blanca, se accede más fácilmente a puestos directivos, oportunidades de estudio y mejores condiciones de vida (Encuesta Nacional sobre Discriminación, ENADIS 2017).

La misma encuesta revela que en nuestro país los motivos o rasgos de discriminación son por: tono de piel, manera de hablar, peso o estatura, forma de vestir o arreglo personal, clase social, lugar donde vive, creencias religiosas, sexo, edad, y orientación sexual.

Igualmente, el estudio refiere que las 6 entidades donde más prevalece la discriminación son, en el siguiente orden, Puebla, Colima, Guerrero, Oaxaca, Morelos y CDMX. Los datos son impactantes, Puebla se encuentra en el primer lugar a nivel nacional.

Insisto, es increíble que en pleno siglo XXI sigamos restringiendo derechos (humanos) a las personas por los motivos ya mencionados en diferentes espacios: públicos y privados; en colegios, en los gimnasios, en los centros comerciales, en los trabajos, en las agencias del ministerio público, en los hospitales, etcétera.

Recuerdo una muy desagradable experiencia en la que me tocó presenciar discriminación hacia una chica Trans. Impresionante fue ver cómo los chicos más atléticos se alejaban del área del gimnasio donde ella realizaba su rutina, incluso limpiaban las mancuernas o aparatos que ella había usado.

En la aplicación de la ENADIS se pidió a las personas encuestadas compartir su opinión sobre cuánto se respetan en el país los derechos de los distintos grupos sociales. Los resultados arrojaron que poco o nada se respetan para: las personas trans (72%), personas gays o lesbianas (66%), personas indígenas (65%), trabajadoras del hogar remuneradas (62%), personas con discapacidad (58%) y personas mayores (57%).

Los efectos negativos van desde los psicológicos hasta ejemplos concretos como impedir el acceso a la educación pública o privada por tener una discapacidad; prohibir la libre elección de empleo o restringir las oportunidades de acceso, permanencia y ascenso en el mismo; establecer diferencias en los salarios, las prestaciones y las condiciones laborales para trabajos iguales, negar o condicionar el acceso a cargos públicos por género o por el origen étnico.

Las consecuencias de la discriminación son muchas y, creo que todas y todos, en algún momento las hemos cometido contra alguien, sin embargo, debemos reconocer que cuando la practicamos, la hacemos desde alguna posición de privilegio y si bien desde la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos se prohíbe discriminar, como sociedad nos queda mucho que trabajar, y trabajar a nivel personal.

Por supuesto que existen leyes que evitan y sancionan la discriminación (siempre y cuando exista una denuncia), pero a nivel personal debemos preguntarnos ¿hasta qué punto queremos seguir afectando a otras personas porque a nuestro parecer merecen menos que nosotras o nosotros? ¿hasta qué punto queremos seguir quejándonos de vivir en México violento cuando nosotras y nosotros violentamos a otras y otros? ¿hasta qué punto contribuimos con seguir normalizando este tipo de violencia y creando un México injusto y desigual?

Ojalá que, en algún momento lleguemos a ser una sociedad orgullosa de ser lo que somos y no solo sintamos orgullo la noche del 15 de septiembre.

@hazajuarez coordinador de proyectos del @CCSJPuebla