En sus cartas a Lucilo, Séneca dice: “La razón nos ordena ir siempre por el mismo camino, es verdad, pero no por ello al mismo paso”.

I.

¿Correr o caminar?

Creo que ninguna de las anteriores.

Los niños aprenden a caminar más o menos al año de haber nacido (sobre todo en estos tiempos en los que las criaturas están sumamente revolucionadas), sin embargo, todos los primeros pasos suelen ser torpes.

El niño va con sus piernecillas regordetas y cazcorvas sorteando todo tipo de obstáculos e irremediablemente cae al suelo. Luego claudicará en su intento de volver a ponerse en pie, pero la inocencia y el desconocimiento del factor “miedo” lo llevará pronto a intentarlo de nuevo. En poco tiempo el niño ya camina. Seguirá trastabillando, pero la práctica, dicen, hace al maestro.

El niño se gradúa pronto en la técnica del andar e intentará correr, y en este punto nuevamente se topará con el mismo contratiempo: creerá que correr es caminar más rápido, y no: correr requiere otro adiestramiento y la activación de más grupos musculares. Un niño puede caminar sin mover demasiado los brazos, sin embargo, para correr es preciso entender que los brazos deben fungir como aspas que corten el viento. Suena complicado para una criatura que ya camina y que aún no controla sus esfínteres. Pero tarde o temprano su tozudez y las ganas de alcanzar algo o de “llegar a…” antes que mamá lo pesque, lo dotarán de incontables mañas.

Corriendo romperá muchas más cosas con las que se tope al paso hasta que aprenda otra cara de la cinética: a saltar. Y así hasta el infinito. O no: más bien el siguiente reto es bailar, y he ahí el gran dilema: bailar no es tan complicado si se tiene oído y alma… lo difícil no es contonearse, sino ser GRÁCIL, y a partir de ahí ganar algo que no se obtiene más que con imaginación y curiosidad (y hasta sensualidad): el estilo.

En este ejemplo se confirma lo dicho por Séneca: lo importante es cambiar el paso.

II.

Una señora se divorcia de su marido porque es un pinche infiel. Años y años de pleitos y sinsabores la hicieron maestra en el oficio del espionaje, consiguiendo así desgastarse a sí misma en vez de lograr que el sujeto cambiara.

El camino recorrido era seguro –por conocido– pero lleno de vicisitudes, lo que lo hacía parecer, como dice la canción de McCartney, “un largo y sinuoso camino”.

¡Bravo! La mujer que era infeliz por no aceptar al hombre logra al fin desafanarse y cree que volviendo al sendero de la libertad sus problemas desaparecerán.

Meses más tarde se embarca en una nueva relación. Ella continúa siendo ella y eso no tiene remedio. El nuevo galán, como todo nuevo galán, muestra una faceta engañosa de su personalidad: es cortés, entregado y atento. Le jura fidelidad. Ella le cree porque le gusta hacerse la tonta como a todas las mujeres. Le entra fervorosamente al romance sin reparar que ella sigue siendo ella y que en 3,2,1 comenzará a espiar a al galán por una suerte de desconfianza intrínseca. Pasan más meses y la dopamina que subyugó a su cerebro baja de nivel, entonces la razón toma la estafeta, y esa razón, que siempre nos lleva al mismo camino, la hace reincidir en sus vicios auto-destructivos. Olvida cambiar el paso, el ritmo, la cadencia de sus torpes movimientos y al final, ¡oh, fatalidad!, se encuentra de nuevo en el laberinto.

Su minotauro sigue teniendo el hilo atado al cogote, pero ella se ha enredado en él irremediablemente y no encontrará la salida.

Saldrá sangrando, si es que un día sale.

III

…Se rumoraba que cuando hacían el amor, lo hacían juntos.

Y el camino que desemboca hacia un fin es el mismo: placer, placer, placer.

Ese antiquísimo ritual llamado coito se sigue practicando con éxito gracias a algo que está más hermanado con la música que con la mecánica de procrear: las variaciones sobre el tema.

Johann Gottlieb Goldberg rebasó a Bach por la derecha al refrescar su “Aria con variaciones diversas para clave y dos teclados”. Fue el primero en interpretarlas y le imprimió un estilo único. De ahí nacen las celebérrimas “Variaciones Goldberg”, que tan manoseadas han sido sobre todo por los cineastas. Sin embargo, la cosa no para ahí, porque esas variaciones (que han sido ejecutadas por cientos o miles de músicos) alcanzaron el parnaso musical hasta 1955, cuando un canadiense obseso llamado Glenn Gould las hizo suyas y las llevó al clímax de la belleza y el virtuosismo. Y tampoco la cosa para ahí, pues a principios de los ochenta – meses antes de morir– el propio Gould las re grabó, o mejor dicho, las deconstruyó, ahora con ayuda de tecnologías digitales.

…Se rumoraba que cuando hacían el amor lo hacían juntos… aunque uno de los dos cuerpos en cuestión poseyera a un tercero que no era parte de la ecuación.

Otra variación.

Coger puede ser la actividad más mecánica de este mundo. El camino es el mismo: cabalgar, bombear, atorarse, detenerse, voltearse, lamer, gemir, besar…

Cualquier amante puede cerrar la pinza si cuenta con el material adecuado para hacerlo. Desde el más experimentado hasta el novato. Domine el arte de la contención o sea precoz.

La razón (como decía Séneca) o en este caso el instinto, nos llevará por el mismo camino, pero ojo: lo que hace la diferencia es el cambio de paso.

Se puede caminar, y llegas.

Se puede correr, y llegas.

Sin embargo, la variación en el tema tiene algo de freudiano: volver a ser el niño que aprende a caminar llega a correr, y si se aplica, conseguirá ganar maratones. Pero lo que sublima el asunto también está más emparentado con la música, con el ritmo y hasta con los silencios.

…Se rumora que cuando hacían el amor lo hacían juntos.

Y era más que un viejo ritual de sobrevivencia: el camino era el mismo, pero cambiaban el paso y bailaban sobre él.