El día que yo nací no nacieron todas las flores, más bien cayó una nevada sobre Ciudad Juárez que dificultaba la llegada al hospital donde vi por primera vez la luz. Por años mi mamá me contaba esa historia y cuanto más crecía la anécdota ya carecía de frecuencia y entonces yo era el que recordaba como si hubiera sido todo video grabado -que no lo fue- aquel 28 de noviembre en la primera frontera de México. Mi mamá era muy joven cuando me tuvo en sus brazos, conmigo su vida cambiaría para siempre. Se estrenaba como mujer madre de familia. Siendo adolescente conoció el amor incondicional que con nadie había experimentado. Siempre le estaré agradecido por haberme elegido para ser su primer hijo. 

Mi crianza se dividió entre mi casa y la de mis abuelos maternos. Al ser el primer nieto mis primeros pasos y mis primeras palabras fueron repartidas entre abuelos y tíos a los que nunca llamé así porque siempre los vi como hermanos. Mi relación con ellos no fue necesariamente de nieto, aunque fui el primero, sino de un hijo más a tal grado que yo los llamaba papá y mamá. Y aunque tenía el cariño de todos ellos, jamás se comparaba con el de mi madre. De ella recuerdo como salía a trabajar y yo buscaba una prenda de ella donde con solo oler su perfume la sentía cerca. Cuando era sábado y ya teniendo también una hermana, nos llevaba al centro de la ciudad a comer churros con chocolate en un lugar cerca de la catedral. Era momentos únicos que hasta el día de hoy sigo recordando. El amor de madre solo ellas lo entienden y muchas veces hasta que pasa el tiempo confirmamos que esa lealtad no la ofrece nadie en la Tierra. Solo ellas saben ofrecerlo a su manera y dentro de sus posibilidades. 

Me sorprende saber de casos en los que los hijos no se hablan con sus padres. Se dejan de hablar por días o semanas y en casos muy extremos hasta por años. Muchas personas anhelarían que su mamá los regañara o les diera una palabra de ánimo, pero lamentablemente o no se hablan o murió. Ser hijos de alguien lo llevaremos por siempre en el alma. Sea cual sea nuestro caso. Ahora que es común el uso de redes sociales no faltan los mensajes diarios de mi madre para recordarme lo que me ha enseñado por años: confiar en Dios, ser fiel en lo poco y darle gracias en todo momento. Si existiera una escala para medir el amor, definitivamente ella sería la parte más alta de la medición. De ella aprendí a leer mucho, a dar de lo poco que tengamos. Su sonrisa llena 10 estadios Azteca y aun cuando pasa un momento difícil, ella sigue confiando en Dios y no se muestra débil. La fuerza de su corazón es el motor de la familia que ella posee y de la que soy parte. Cómplice y amiga, de noche deja su lámpara encendida por si algo necesitamos. Su oración es poderosa, así como su fe. Los que tenemos la fortuna de tener a nuestras madres somos muy privilegiados.

Es difícil describir el amor de una madre. No se puede publicar en Facebook o Twitter, no se puede fotografiar para Instagram. No se trata de un amor que se pueda describir tan a la ligera. En México celebramos el Día de las Madres el 10 de mayo, yo lo festejo todos los días del año al tener la fortuna de tenerla presente. Una plática con ella es un mar de posibilidades dentro de un asfixiante mundo de dudas. Me gusta verla, me gusta escucharla, me gusta aprenderle, me gusta cuando cocina, me gusta cuando me reta, me gusta cuando me regaña, me gusta cuando me pregunta cómo va mi relación con Dios, me gusta todo. Ella decidió que yo fuera su primer hijo y el regalo de vida le dio más vida a ella. Y así fue con mis demás hermanos. Siempre estaré con ella agradecido por todo lo que me ha enseñado y el no hacerlo siento que la defraudo, entonces decido ser la mejor versión de mí. Gracias Raquel. Te quiero mucho. 

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