No hace mucho me invitaron a un grupo de meditación y terapias alternativas para alcanzar la tan anhelada paz interior. 

Como buena curiosa me puse a investigar, no el método en sí, sino un poco de las vidas de los miembros del dilecto grupo, y descubrí, por ejemplo, que dos de las señoras que más enjundia le echan a los “oms” y las yerbitas, toman rigurosamente un par de pastillas al día: una para dormir, otra para despertar. Otras que se las dan de muy trascendidas y salen a la calle casi levitando (que siempre visten de blanco y hablan sobre el perdón y la empatía) defraudaron a sus socias; y la que posee la autoridad moral más pestilente anda con el marido de su hermana.... estos hechos contradictorios a las creencias que venden las han llevado a potenciar su neurosis a niveles insuperables, provocando que los recipiendarios de sus culpas sean básicamente los hijos (quienes viven en carne propia la ambigüedad de las trascendidas-light). 

Los demás miembros del club saldan su cuota con el vacío mediante jugosos golpes a sus tarjetas de crédito. Pagan viajes para visitar a los Lamas, y estando cerca de estos monjes no pueden más que sacarse selfies con ellos al mismo tiempo que, a la distancia, sepultan su vida conyugal manteniendo los caprichos de los que ya han alcanzado un nivel superior en la escala del zen deslactosado. 

Por eso siempre digo que no hay nada mejor que dejarse regir por el puro y duro sentido común. 

Si naciste y creciste y te desarrollaste siendo un costalito de patologías mundanas, acepta tu monstruosidad y sé feliz en las tinieblas. 

Es tan fácil como pensar: si la persona que me invita a meditar al salón zen, es en su casa todo lo contrario a lo que presume en la plaza pública (con turbantes y olorcito a pachuli y los cuatro acuerdos bajo el brazo); y si sus nervios colapsan a la menor provocación, significa que aquello a lo que te está convidando no sirve para un carajo. 

Es parecido a cuando buscas ayuda odontológica: nadie en su sano juicio se dejaría tocar la boca por un dentista chimuelo, ¿o sí?