Llegó el día que muchas personas jamás imaginaron presenciar: ver a Andrés Manuel López Obrador recibir la banda presidencial de manos del hoy expresidente Enrique Peña Nieto en San Lázaro. Esto le dio la vuelta al mundo en segundos. Un tuit de Ivanka Trump en español se leía aquí y en China. Un tuit de Nicolás Maduro llegaba a toda esa gente que se siente identificada con un dictador. El tema era el mismo, López Obrador ya es presidente de México. La tercera fue la vencida. "Tú no tienes derecho a fallarnos" le decía una joven en bicicleta que se le emparejó al salir de su casa en un Jetta Blanco sin seguridad. Cero lujos, cero aspavientos. Solo AMLO, su esposa, la escritora Beatriz Gutiérrez Müeller, y su cita con el poder. Decenas de curiosos que no pueden faltar eran testigos de su salida hacia un destino que tomo muchos años en llegar y que ahora llegaba la hora de cumplir lo que tanto prometió en campaña: la cuarta transformación.

AMLO tomó el juramento para su cargo en la Ciudad de México, reitero lo que tanto promulgó en su campaña: frenar la violencia, terminar con la corrupción, crear nuevas oportunidades para los jóvenes, incrementar la pensión a los adultos mayores, poner fin a las políticas neoliberales de la nación. Las promesas son muchas. Primero dijo que no y luego que si encontraba a un país en ruinas. Pero si es así, ¿por qué esta prometiendo becas a tantos estudiantes de preparatoria? y ¿cómo que se les pagará a los miles de ninis (que no estudian ni trabajan) los empleos que se les ofrecerá como aprendices?, el país entonces no está con las arcas vacías. Tiene que haber dinero para afrontar todas estas promesas de campaña. López Obrador ya no solo será el presidente de los 30 millones que sufragaron por él, también por los 90 millones restantes que viven en México y los otros tantos millones que radican fuera pero que también forman parte indirectamente del pastel.

Entre simpatizantes reunidos en las inmediaciones del Palacio Legislativo de San Lázaro para verlo, saludarlo y, en muchos casos, tocarlo. No recuerdo una toma de protesta de estas dimensiones. Definitivamente la gente confía en AMLO. Ver el Zócalo lleno impresionaba. Aquello era una romería comparada solo con algún juego de la selección nacional de futbol. Es imposible saber cuánto puede durar esta "luna de miel", muchas veces son los primeros 100 días los que definen un sexenio, en este caso hay incertidumbre porque ya hubo acciones tomadas antes de siquiera asumir el poder como la cancelación del Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México en Texcoco y la del Tren Maya. Ambos sometidos a consultas muy a modo donde las decisiones parecían ya haber sido tomadas sin la necesidad de preguntarle a solo un millón de personas.

El hoy expresidente Enrique Peña Nieto se fue de la misma forma en que hace un sexenio llegó a la silla del águila: rodeado de escoltas, camionetas blindas, y un aire de misterio del que se tenía cero informaciones. Llega AMLO y cambia el guion. Se quitan las escoltas, se vende el avión presidencial para optar por vuelos comerciales. La versión mexicana de José Mujica del Uruguay que era considerado el presidente más pobre del mundo. Las dudas sobre este nuevo mandato son muchas. No estamos acostumbrados a nada de lo que vaya hacer el hoy presidente. Su relación con la prensa aun es buena, no sabemos cómo vaya hacer dentro de seis meses. Hoy tenemos nuevo presidente, esperemos le vaya bien porque si le va bien a él nos va bien a todos. Es importante que se deje cuestionar, no todo tiene que ser a su manera, tiene que haber contrapesos dentro de esta democracia mexicana a la que aún le falta mucho por avanzar. Bienvenida cuarta transformación.

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