Las imágenes transmitidas por diferentes cadenas televisivas nos podrían hacer pensar que se trataba de la visita a México del Papa Juan Pablo II.

Pero no fue así.

El ánimo desbordado de la gente no era hacia un representante religioso, menos para una estrella de cine, sino para el nuevo Presidente de México Andrés Manuel López Obrador, quien este fin de semana pasó a la historia. 

Más allá de su ideología política, de sus promesas lejanas o acciones impertinentes, a Andrés Manuel hay que verlo, primero, como un claro ejemplo de perseverancia. Logró ganar la Presidencia de la República hasta su tercer intento, compitió en las elecciones de 2006 y 2012, donde perdió contra el panista Felipe Calderón Hinojosa y el priista Enrique Peña Nieto.

No le importó caer hasta lo más profundo, pues ya venía de superar un intento de sus enemigos por quitarle el fuero como jefe del Distrito Federal, eso lo fortaleció y se encaminó en la lucha por ser Presidente de México.

Las dos derrotas presidenciales no fueron suficientes para sacarlo de la jugada política, por el contrario, tomó fuerza y recargó pilas recorriendo cada rincón del país hasta construir una gran estructura que lo arropó y lo llevó hasta la cumbre donde ahí sigue. Fue ganando la simpatía de las familias mexicanas, aún más con sus ocurrencias y con sus chispazos de lenguaje que hoy repiten sus seguidores.

Su toma de protesta del pasado sábado y todas las actividades posteriores estuvieron llenas de simbolismos. Movió las vibras de los asistentes y los televidentes que presenciaron el momento exacto cuando se arrodilló ante un líder indígena que en la misma posición le entregaba un crucifijo. En su campaña siempre dijo: “Me arrodillaré donde se arrodille el pueblo”.

Pero qué decir cuando en su mensaje político Andrés Manuel López Obrador dijo e insistió en que perdonará todos los actos de corrupción del pasado, para no perder el tiempo en esos temas y enfocarse a consolidar la tan nombrada y criticada Cuarta Transformación.

Pero eso no importa, la mayoría de los mexicanos están esperanzados en esta transformación, esperan que con su llegada el país cambie de rostro, mejore su economía, aumenten las fuentes de empleo, los salarios y demás oportunidades que tanto necesita el pueblo. 

Es, en otras palabras, un mesías.

Todos, o casi todos, están rendidos a sus pies.

Está empoderado.

Tiene el poder en sus manos.

Puede decir que lo blanco es negro y viceversa.

Algunos creen que podría dividir el mar para abrirse camino o multiplicar la comida.

Lo que sí es muy seguro, es que durante seis años Andrés Manuel López Obrador escuchará el tradicional: “Sí señor Presidente”.