Querida amiga (tú sabes quién eres, y no, no eres “ya sabes quién”): 
Te escribo esta carta abierta porque lo que quiero decir no sólo te incumbe a ti, sino a muchas otras que no son ni amigas ni enemigas. Sólo pasan por aquí como fantasmas.
Hay personas que simplemente no encajamos en este mundo. No nos podemos conformar con todo aquello que alguien decidió que es “bueno para nosotros”, que es “lo normal”, que es “lo sano”. 
No. No estás loca, sólo quieres ser libre y amada. Deseas sentir la pulsión del fuego.
El fuego es hipnótico, ¿no te parece? 
Pon a un grupo de personas (de viejos, de jóvenes, de niños) frente a una fogata. Date cuenta cómo todos se van a quedar por lo menos un minuto muy quietos mirando las llamas, su bermellón destellante, su azul amoratado. Se quedarán ahí impávidos, arrobados por él, por el fuego. Por esas lenguas que parecen danzar ingrávidas y recrean formas imposibles que vienen, van y desaparecen. Cambian. El fuego siempre cambia de forma. Como uno, que siempre cambia de estado. 
Mira bien a ese corro de gente mirar el fuego. Al hacerlo, observarás que todos viajarán a otro lado, lejos. A sus pensamientos. A sus limbos. Y no parpadearán porque el fuego se sitiará en sus ojos. Incluso todos estarán tentados a acercarse más y más. Querrán tocarlo a pesar de que saben que si se acercan de más, el fuego los va a herir dejándoles una marca permanente. Así el fuego llama, seduce, carcome las vísceras. 
Todas queremos (necesitamos) sentir la pulsión de ese fuego; de un espectro a veces magenta que se alimenta de madera, huesos y carne. 
Sin embargo, recuerda algo: una chispa austera puede provocar un incendio.
Amiga querida: somos criaturas nocturnas llenas de tribulaciones y buscamos siempre desesperadamente esa chispa para guiarnos en la oscuridad. 
Si estás dispuesta a incendiar Roma, ¡incendia Roma! 
Los incendios limpian. 
Recuerda los arados de nuestra tierra. El campesino siembra, cuida el cultivo, quita la plaga y cosecha. A veces es necesario quemarlo todo con fuego antes de que el hielo nos reseque el alma.
Si sabes controlar el incendio, tu campo, te lo juro, quedará tan fértil que nacerán frutos maravillosos. Lo juro. No tengas miedo.
El miedo no es otra cosa más que esas cenizas que quedan luego de la razia. 
No temas a la noche que se avecina tras la erupción. Tal vez el humo no te deje respirar y quieras huir o quieras volver, pero no olvides algo: la física no falla, es terrible y perfecta, y la rosa que se quema no vuelve nunca a ser rosa. 
Si no estás dispuesta a plantar otra flor, una durmiente planta solitaria, entonces no quemes el campo y trabájalo de otra manera. La tierra es noble, la tierra es justa, y siempre puede darnos sorpresas. 
¿Qué te digo? 
Yo soy pirómana. Nerona, cerilla, incienso. 
Yo también he sido obstinada y he tratado miles de veces de calentar un iglú con la zarza de un Marlboro. 
Ahora bien; detente antes de vaciar el bidón de gasolina sobre las telas y los libros y los cuadros. Cuida que a la hora de hacerlo no haya niños ni animales ni ancianos en la casa. Pero sobre todo sé hábil y practica una coreografía llena de precisión para que, a la hora de soltar el fósforo, el fuego que tanto buscas no te incinere. 
Sal pronto a la calle y observa el espectáculo. Al mismo tiempo, escribe tus tablas sagradas. 
Bajarás renovada del monte. 
Un poco maltratada por el nubarrón, pero entera. Lista para lo que venga, para eso que estás buscando. 
Que no te digan que lo contrario al amor es el odio, no. Ellos son pasajes gemelos y se oxigenan de las mismas pasiones.
Lo opuesto al amor es el miedo. 
Piérdelo y el hielo se derretirá. 
El hielo, por fortuna, es perecedero. 
El terreno en ruinas que sobrevive al incendio se llama libertad. Y sí, la libertad es algo parecido al desierto. Uno debe aprender a estar solo en las dunas y hacer que nuestras plegarias sean escuchadas por los sordos y los necios, pero sobre todo, por nuestro corazón. 
Ese terreno, que es desierto, tiene oculto un oasis. 
Si lo encuentras, sáciate de su agua y métete desnuda. 
Ese terreno que de pronto parece quedar estéril, si lo sabes restaurar, en poco tiempo florecerá.