Cocinar, comer y viajar eran sinónimo de Anthony Bourdain. Un chef que inició como lava platos y llegó hasta la posición más alta en uno de los restaurantes de mayor prestigio en Nueva York. Dentro de esa cocina Bourdain siempre estuvo rodeado de inmigrantes, sobretodo de mexicanos a los que veía, más que ayudantes, a unos aliados para que su área de trabajo tuviera éxito. Un artículo en el New Yorker lo llevó a escribir el libro 'Kitchen Confidential' y de ahí saltaría a la televisión donde sus programas siempre fueron de los de mayor sintonía en el Travel Channel y en CNN. Anthony Bourdain fue el narrador de historias por excelencia y su voz fue la de muchos inmigrantes en Estados Unidos que gracias a sus programas por los casi 100 países que visitó desde el año 2000 se volvieron a conectar con sus raíces, con su cocina. Su suicidio en Francia dejó sin palabras a los millones que lo veían cada semana en alguna parte desconocida del mundo. 

Mal hablado y lleno de tatuajes, sus casi dos metros de estatura no pasaban desapercibido. Esto contrastaba con el corazón que tenia para los habitantes de este mundo que a donde quiera que llegaba lo invitaban a comer o el mismo buscaba que lugares ir a visitar para luego hacerlos famosos en la televisión. Era un trotamundos y el claro ejemplo de la lucha del ser humano por evolucionar. Consumió drogas y bebía en exceso antes de retomar el camino del bien que le llevó a tener empatía con el que lo conociera. Para él la comida callejera era mejor y cuestionaba la muy consumida fast food. La comida iba mas allá de solo probar una sopa o un pan, era la de convivir con los locales y conocer sus historias de superación. Luego esas pláticas servían para que los televidentes aprendiéramos como convivir con quien fuera sin importar su extracto social. La mesa era el vinculo de unión, la comida el medio. Sin importar el idioma al final todos nos unimos en torno a una cacerola para conocernos mejor, para vivir y dejar vivir.

Bourdain tuvo un cariño muy especial por México. Cuando debutó en la televisión uno de sus primeros viajes fue a Puebla donde para él estaban los mejores cocineros de Nueva York. Convivió con los mexicanos de a pie, se iba a probar tacos a la calle, a los mercados, estuvo en la Ciudad de México y hasta la periodista Anabel Hernández tuvo la oportunidad de ella cocinarle mientras hablaban de la inseguridad del país cerveza en mano. Uno de los viajes más recordados fue cuando visitó “La Guerrerense” en Ensenada, Baja California. Le habían dicho que ahí se vendían las mejores tostadas de marisco del mundo y que tenía que probarlas. No lo defraudaron. Las recomendó en uno de sus programas. En una ocasión también cruzó la frontera entre Eagle Pass y Piedras Negras, Coahuila en moto y lo primero que quiso comer fueron unos tacos en un puesto en una esquina a altas horas de la noche. Para él esa era su comida favorita. No mesas, no sillas, solo la comida y el comensal. En un blog que escribió en 2014 exaltaba nuestro arte culinario y la aportación de los mexicanos en Estados Unidos. 

Fue un defensor de los nuestros ante las amenazas de deportación de Donald Trump. Era nuestro héroe sin él proponérselo.

Su suicidio nos estremeció a todos. Sus libros y sus programas de televisión son un legado para los millones que no tuvieron oportunidad de conocerlo. Era como un miembro más de la familia, el tío que viajaba mucho y sentados en la sala nos platicaba como le fue. Era una persona sin filtros. Pocas personas han logrado entrar a tantos hogares como lo hizo Anthony Bourdain. Sus viajes eran nuestros viajes, conocíamos de nuevas culturas y distintos platillos gracias a él. En su universo no había fronteras, ni razas, ni colores, todos eran humanos, para él todos éramos iguales. Se le va a extrañar mucho. Solo tenía 61 años, muchos viajes por realizar y aún mucha comida por degustar.

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