#ESPECIAL: Bukowski, el último escritor maldito

Este 16 de agosto sería el cumpleaños 99 de Chinasky.

Bukowski Foto: Staff Sexenio

Alemania fue el escenario de los primeros dos años de vida de Henry Jr., hijo de Katherine Fett, ciudadana de este país europeo sumisa a su marido, y Henry, un oficial norteamericano que todo el tiempo parecía estar furioso y siempre estaba inmerso en algún tipo de discusión con quien fuera. 

Al poco tiempo del nacimiento de su primogénito, el 16 de agosto de 1920, la familia Chinaski se mudó a Estados Unidos, donde se decía que las calles estaban asfaltadas con oro. No lo estaban. En cambio llegaron a vivir a un barrio pobre de Los Ángeles, azotados por la Gran Depresión.

Como hijo único, Henry Jr. tuvo que sortear solo los constantes golpes de su padre, y a consecuencia de ello, apenas logró hacer unos cuantos amigos; generalmente se anteponía el rechazo social, por lo que se volvió un ‘chico malo’, algo que a Chinaski le gustaba, porque ser bueno lo ponía enfermo.

Entonces sobrevino su prematuro encuentro con el alcohol que resultó ser mágico, “con ello, la vida era grandiosa, el hombre era perfecto, nada podía afectarle”, aunado al gran morbo que le provocaba el sexo dado lo inaccesible que eran las chicas para él, tras ser víctima del peor caso de acné que sus médicos hubieran visto antes.

 

De Chinasky a Bukowski y viceversa

Henry Hank Chinaski es el protagonista de las obras autobiográficas de Charles Bukowski; el alter ego de quien se considera el último de los escritores malditos. Criticado por su estilo soez, su humor grotesco y sus polémicos temas, pero alabado por su autenticidad, su estilo espontáneo y directo que lo colocan como ícono del llamado realismo sucio.

El primer acercamiento de Bukowski con la escritura fue en una crónica escolar que inventó, donde pudo comprobar lo fácil que le resultaba crear historias e impresionar a la gente con mentiras, mentiras maravillosas.

Durante su juventud descubrió la magia de la lectura en una biblioteca pública, admiraba a John Fante, Knut Hamsun, Søren Kierkegaard, Jean-Paul Sartre, Friedrich Nietzsche, gustaba de Fiódor Dostoievski e idolatraba a Ezra Pound, Robinson Jeffers, Louis-Ferdinand Céline y Jerome Salinger; hasta que los textos de David Lawrence y Sherwood Anderson lo condujeron a Ernest Hemingway

La admiración de Bukowski hacia estos autores lo llevó a confeccionar una alineación de béisbol memorable: Hemingway, Céline, Hamsun, Pound, Dostoievski, Jeffers, Salinger, Nietzsche, Kierkegaard y Sartre, un equipo que cuando “salte al campo, será el fin y juntos patearían muchos traseros”.

Las lecturas hacían vibrar la mente de Bukowski, sentía que podía vivir sin dolor, con esperanza, sin importarle lo que pudiera suceder. Sin embargo, al llegar a casa tenía que reprimir su afición literaria ya que su padre lo consideraba un hábito de los vagos. 

No llegó a graduarse y se mudó a Nueva York para evitar la cárcel por no cumplir con el servicio militar obligatorio; de cualquier forma lo arrestaron pero fue excusado de ir a la guerra por no aprobar el examen psicológico para enlistarse en el Ejército. Cuando lo examinaron, lo tacharon de loco tras preguntarle si quería ir al frente y responder que sí, para arrojarse sobre las ametralladoras del enemigo y ser asesinado rápidamente. 

Entregó su vida al alcohol, beber era lo único que le evitaba sentirse desplazado e inútil, caminaba sin rumbo, viajaba con su maleta de cartón, trabajaba en empleos temporales que perdía a los pocos días y se instalaba por lapsos cortos en pensiones baratas donde escuchaba música clásica, género en el que había encontrado “una parte del mundo que no se parece a ninguna otra parte del mundo”.

Gustaba de escuchar las notas de Beethoven pero prefería a Brahms y Tchaikovski; Chopin era bueno a ratos y Mozart sólo cuando se encontraba bien. A Smetana lo encontraba obvio y a Sibelius imponente, escuchaba también a Bach y Mahler, esta música había animado su vida.

Seguía escribiendo y enviaba sus cuentos a grandes revistas que los rechazaban, hasta que ‘Frontfire’ decidió publicar “Mi alma borracha de cerveza es más triste que todos los árboles de Navidad muertos en todo el mundo”. Al enterarse de ello, se alegró tanto que sintió que el mundo era hermoso y lleno de promesas.

 

Las bajas pasiones de Henry Charles

Luego de comenzar a tener éxito con las mujeres, una de ellas –Jane- lo condujo a otro de sus gustos más singulares: las carreras de caballos. Se volvió un experto en el hipódromo y durante temporadas largas no faltaba un solo día, e incluso había desarrollado un sistema de apuestas.

La rudeza y frialdad que lo caracterizaban, así como su habitual cosificación de la mujer en sus escritos, no fueron impedimento para que Bukowski tuviera una familia, pues junto con Frances Smith procreó a su hija, Marina Louise. Años después se enamoró de Linda Lee, se casó con ella, le dedicó poemas y la inmortalizó en sus escritos a través del personaje de Sara.

Bukowski no dejaba de beber y bebía tanto que casi pierde la vida por una hemorragia estomacal; le aparecieron bultos por todo el cuerpo, se desmayaba y escupía sangre. Como no pudo pagar por los exámenes para averiguar si era cáncer, se sumergió en una borrachera de tres días y todos los bultos desaparecieron, junto a los desmayos y los esputos ensangrentados.

Trabajó en el servicio de correos durante varios años, lo que le sirvió de inspiración para escribir su primera novela, El cartero (1971), título que marcó el inicio de su serie de novelas autobiográficas: Factotum (1975), Mujeres (1978), La senda del perdedor (1982) y Hollywood (1989), protagonizadas por el ya consumado antihéroe, Henry Chinaski. Mientras que en Pulp (1994), Bukowski se burla de la mala escritura. 

Ser escritor no lo llenó del todo, tener demasiado tiempo libre significó también un conflicto en su vida, pues tenía que esperar a que se acumulara el material para poder escribir y mientras esperabas, te volvías loco”. No obstante, luego de padecer hambre, pobreza y marginalidad, logró vivir de ello y cobraba cien dólares mensuales por hacerlo.

Publicó más de 50 libros y cada cierto tiempo aparecen colecciones póstumas con material inédito, sus obras han sido traducidas a más de una docena de idiomas.

Sus múltiples relatos breves están escritos con un lenguaje coloquial y directo, con personajes estrafalarios y marginales: desde prostitutas, vagos, bravucones, hasta jugadores arruinados marcados por el fracaso, la soledad, el alcohol y el sexo. Con títulos que hablan por si solos: Escritos de un viejo indecente, La máquina de follar, Se busca una mujer, Música de cañerías, Hijo de Satanás, Noche de escupir cerveza y maldiciones; por nombrar algunos.

  

Legado y posteridad

Además de sus novelas y cuentos, Charles Bukowski también fue autor de varios poemas, versos y lecturas que eran frecuentemente convocadas en las universidades norteamericanas. Su obra poética es ruda, con un mensaje claro, áspero y escasamente lírico. 

De igual forma, escribió un guión de cine para filmar una película sobre su juventud (Barfly), además de ganar fama y popularidad entre las estrellas del séptimo arte, como Sean Penn. Su círculo de amistades incluía a directores, músicos y cantantes de la talla de Madonna y Bono, vocalista del grupo irlandés U2.

Convertido en una verdadera leyenda, más allá de su legado literario, hay biografías, películas y cortometrajes en torno a él que mantienen vigente su recuerdo, tras dos décadas de su muerte. Al final, Bukowski sí tenía cáncer, la leucemia le arrebató la vida a los 73 años. 

“Lo peor de todo es que algún tiempo después de mi muerte, se me va a descubrir de verdad… Mis palabras estarán en todas partes. Se hará una película de mi vida. Me pintarán mucho más valiente de lo que soy y con mucho más talento del que tengo”, escribió en algún momento.

Y aunque estar cerca de la muerte le resultaba vigorizante; en 1994 el cuerpo de Charles Bukowski vestido de manera informal era conducido a su tumba por monjes budistas, donde lo esperaba una lápida con la leyenda Don’t try”.

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