#ESPECIAL: El legado de los guerreros de Japón

La palabra samurái significa "el que sirve" pues eran militares dedicados a proteger los intereses del señor a quien le juraban lealtad eterna.

samurai Foto: Staff Sexenio

Durante el periodo Heian, último de la época clásica de la historia japonesa, el emperador se concentró en las artes, la arquitectura, la literatura y la poesía, dejando que las tareas políticas y administrativas quedaran en manos de la aristocracia rural, la cual formó grupos armados para recaudar impuestos y establecer el orden público.

Estos ejércitos eran cada vez más poderosos y los lugartenientes comenzaron a desear el poder absoluto del país, generándose con ello diversos conflictos bélicos para controlar la nación, principalmente entre los clanes más importantes: los Minamoto y los Taira.

Luchaban entre sí hasta que el clan Minamoto ganó la Guerra Genpel y se estableció el primer gobierno de la clase militar conocido como el Shögunato de Kamakura; fue encabezado por el Minamoto no Yoritomo y con ello también dio inicio al dominio samurái que prevaleció durante casi 700 años, donde el shogun era el máximo líder político-militar y tenía un gran poder bélico y económico con ejércitos samuráis que servían a sus propósitos.

Justamente la palabra samurái significa “el que sirve” pues eran militares dedicados a proteger los intereses del señor a quien le juraban lealtad eterna. La condición de samurái se heredaba de padre a hijo, por eso, desde pequeños entrenaban con espadas de madera, arcos y artes marciales.

A los cinco años se les rapaba y dejaban que el cabello les creciera hasta la ceremonia que le otorgaba el título de samurái y a los siete años se les permitía usar por primera vez el hakama (pantalón).

Cuando cumplían quince años, en la ceremonia del gembuku se convertían oficialmente en samuráis, eran arqueros, jinetes y espadachines que complementaban su formación con diferentes disciplinas como filosofía, literatura y caligrafía, para desarrollar una personalidad equilibrada que los hiciera un ejemplo digno de seguir.

Recibían su primera armadura, una espada, un nombre y un corte de cabello donde rapaban los lados y dejaban una larga cabellera que era sujetada con una cola doblada hacia arriba y adelante. Cortarle la coleta a un samurái era considerado una desgracia.

Los samuráis creían en la verdad y el honor, y debían seguir estrictamente el Bushido, un código de conducta que haría de ellos unas personas respetables, justas y heroicas; inicialmente se trató de un manual de buenas conductas que fue evolucionando hasta convertirse en el ‘Camino del Guerrero’ donde se combinaron el budismo, el zen, el confucionismo y el sintoísmo, e involucraba deberes sociales y aspectos políticos.

"Practica las artes de la paz con la mano izquierda y las artes de la guerra con la mano derecha" se lee en el Bushido, como un llamado a la perfección que mezclaba la sensibilidad que debían mostrar ante una obra de arte, pero valentía en una batalla.

Utilizaban la meditación como herramienta para deshacerse del miedo y la inseguridad que pudieran significarle errores al pelear. No temían a la muerte, pues morir en guerra se trataba de un honor para su familia y para el señor a quien servían.

Empleaban rituales en sus batallas, rezaban, adoptaban diversas poses para parecer más fuertes, gritaban su nombre y el de sus antepasados, alardeaban de sus hazañas históricas y hacían ruidos con objetos para asustar al enemigo.

Iniciaban el combate simulando un torneo de esgrima, equipados con armadura forrada de oro y plata.

Las guerras entre samuráis eran a muerte, incluso si eran capturados por el bando contrario realizaban un harakiri (“corte del vientre”); este suicidio ritual les permitía salvaguardar su honor.

La casta samurai tenía el privilegio de portar el daishö, se trataba de un sable largo llamado katana y uno más corto denominado wakizashi. Estar fuertemente armado y gozar de un rango social superior le permitía castigar a aquellos de menor casta que le faltaran al respeto, incluso con la vida de éstos.

Sus espadas estaban decoradas con símbolos de la familia tanto en la empuñadura como en la funda, y estaban envueltas en seda para conservarlas, así como un protector para la base. Los fabricantes combinaban funcionalidad y belleza en las armas que significaban la distinción de los samuráis.

Rendían respeto a sus espadas, eran sus posesiones más valiosas y nunca se desprendían de ellas. Al nacer un hombre que se sabía estaba destinado a ser samurái, se le colocaba una espada en la cama y dormían con ellas, al morir también eran enterradas a su lado.

De hecho, los sables forjados por los artesanos japoneses difícilmente han sido superados y con el paso del tiempo se transformaron en reliquias; por ello, los herreros gozaban de gran reputación entre los guerreros, aunque a su vez, estos forjadores debían seguir una serie de normas como ser solteros, vegetarianos y usar ropa blanca en su trabajo.

Quien forjaba una espada practicaba un ritual antes de trabajar: ayunaba y escribía plegarias ya que se creía que parte de su espíritu quedaba atrapado en cada una de los sables que fabricaba. Su trabajo era sagrado.

A cambio de su lealtad y valor en la guerra, los samuráis eran recompensados con tierras que arrebataban a quienes perdían en combate, por eso existían entre ellos diversos niveles económicos y su poderío llegó hasta las máximas cúpulas del gobierno japonés de la época.

Las antiguas familias de los samuráis vivían en casas de madera con techos cubiertos de paja; el tamaño de sus viviendas variaba en función de su rango y su riqueza, quienes eran más acaudalados tenían casas anexas para sus guerreros y establos con caballos, ello porque debido a su jerarquía eran más susceptibles a ser atacados primero.

Un samurái siempre debía estar preparado para combatir, por lo que mantenían su estómago liviano alimentándose de arroz, pescado y algas, comiendo sólo dos veces al día y tomando sake. Solían ayunar para practicar o cuando necesitaban meditar.

Constantemente practicaban movimientos centrados en el ataque, la defensa y el contraataque, éstos estaban designados a mejorar y perfeccionar la destreza en el combate guerrero; los katas, como se les conoce, aún se utilizan en las artes marciales ya que se cree que permiten la unión entre el espíritu, el cuerpo y la mente, el tiempo y el espacio; además desarrolla agilidad, reacción, flexibilidad, reflejos y respiración.

Los samuráis representaban el seis por ciento de la población y se casaban entre sí para mantener el linaje. Sus esposas debían obedecerlos, acatar sus órdenes y ser leales; cuando ellos salían a la guerra, las mujeres tenían que quedarse en casa a infundir en sus hijos los ideales del Bushido.

Entonces sobrevino la abolición de los privilegios samurái que generó una serie de problemas sociales. Éstos se rebelaron y se enfrentaron contra el ejército del emperador el cual estaba equipado con tecnología bélica europea. El resultado fue la muerte de veinte mil samuráis y su evidente derrota.

Los samuráis se dedicaron a cultivar su propia tierra o administrar las propiedades de los señores feudales y al envejecer, los guerreros ingresaban a monasterios budistas y se hicieron seguidores del Zen.

Sus últimos momentos los dedicaban a la tranquilidad, la diversión y el arte, leían poesía, realizaban arreglos florales o practicaban algún instrumento. Se trataban de actividades que requerían de paz interior y exterior, y de una alta concentración para encontrar la armonía.

Eran amantes de la ceremonia té, de contemplar los cerezos en flor (hanami), del teatro y de las geishas. Se trataba de actividades simples pero al mismo tiempo muy elegantes.

Su afición artística y su actitud guerrera ha sido heredada de generación en generación, como uno de los legados más sagrados para la cultura nipona.

 

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